NYFF 4

Es interesante que en esta versión del NYFF haya algunas películas que se adentren en el territorio de las relaciones sentimentales de modos tan distintos. Coincidentemente estuve en estos días viendo un filme de Maurice Pialat, sobre una temática similar, que me dejó por los suelos.

Recién revisaba la notable “Nous ne vieillirons pas ensemble” de Pialat, que ya salió en DVD en Inglaterra, junto con otras de sus obras maestras de los sesentas y setentas (ya era tiempo). Hace poco leí o escuché algo –no recuerdo donde- que insinuaba que cuando se trataba de puesta en escena, o habilidades narrativas, el cine de Pialat era tibio, sin muchos dotes, ni bemoles, no obstante lo intenso que podían a llegar a ser sus dramas. Esta explicación poco orgánica del modo de entender la puesta en escena, me hizo pensar lo odioso que puede llegar a ser entender el cine, el cine medianamente interesante, como sinónimo de virtuosismo. Creo, que no se puede calificar una película en base a demasiados parámetros, salvo a la coherencia, a la lógica que trasunta en sí misma, a la propuesta concreta que establece.

Al contrario de la afirmación de lo que leí, el cine de Pialat para mí entra en ese contado grupo de filmes –el de las grandes películas- donde lo que se cuenta, se explica de un modo tan lógico, tan normal, tan coherente, que no habría otro modo de relatarlo. Su filme se compone de una aleación donde la puesta en escena y la historia tiene una indivisibilidad que lo hacen único. No me imagino “Nous ne vieillirons pas ensemble” con una pirotecnia narrativa, con un dulzón preámbulo introductorio sobre la vida de los personajes principales, con las sobreexplicaciones, ni con decoros de cámara – o floritudes, como diría Roberto Bolaño- ni con pompas, ni una catarsis ramplona, ni un momento operático, ni con un montaje paralelo, ni metáforas, ni momentos poéticos o con un salida de solemnidad. El cine de Pialat en “Nous ne vieillirons pas ensemble” es diáfano, directo, acumulativo, elíptico y sin traiciones. Creo que esa coherencia y densidad es lo que define buena parte de su obra. Pialat casi no toca notas en falso, hace propuestas concretas desde la austeridad, no se arrepiente a medio camino, y consigue hacer, en el caso particular de “Nous ne vieillirons pas ensemble”, un amargo retrato, realista, del final de una relación amorosa, del infierno de un tipo que para bien o para mal está dejando de ser amado por otra persona.

Creo que Pialat, en sus mejores filmes, desarrolló un estilo que es consecuencia de su aguda capacidad de entender la realidad – los grandes cineastas son, creo yo, aquellos que de algún modo reinterpretan o actualizan el modo en que entendemos la realidad. Los buenos trabajos de Bela Tarr, Jean Pierre Melville, Micheangelo Antonioni, o Lisandro Alonso – en La Libertad- por nombrar algunos, están en las antípodas del cine de Pialat. Son alegóricos, sofisticados, complejos en el trabajo de cámara, pero también tienen un grado de coherencia, indivisibilidad, unicidad y densidad que los hace detectables de inmediato. Tienen un modo concreto de establecer como ven el mundo, y no hay manera de echarlos para atrás.

El problema, es por un lado desatender esa estructura orgánica de las películas, y por otro la presencia de muchos filmes que se llenan de zonas semioscuras, donde detrás de los malabares y la cortina de humo – de la austeridad o de la pompa- no hay nada más que vacío o contradicciones profundas. Me acordaba de este tema de las relaciones sentimentales, cuando estaba viendo la última película de Lars Von Trier, “Antichrist” – que es parte del NYFF- que también a su modo mete los pies en el terreno de la relación hombre-mujer. Me imagino que sobrarán los elogios sobre la “grandiosidad” o “complejidad” y lo “poético” de su puesta en escena. Su filme debe de tener unas de las secuencias de apertura más cursis que he visto en mucho tiempo. Una pareja haciendo el amor en cámara lenta, mientras su pequeño hijo camina hacia la ventana, para caer al vacío. Más encima con una aria (si, un aria) de fondo. Von Trier es un tipo que no me cabe la menor duda es inteligente, pero lamentablemente está acorralado por los géneros y las fórmulas, especialmente la del meoldrama. Funciona la mayoría de las veces en aguas donde lo más importante es la manipulación y los golpes bajos. En su nuevo filme, Von Trier utiliza los elementos del melodrama, de los secretos del que escucha detrás de la puerta, y los lleva al territorio del terror y la culpa, donde obviamente también se aplican los códigos de la manipulación o las maniobras de titiritero. Pero no termina ahí, entramos al mundo de los símbolos y figuras, que corresponden más a una vociferada llena de caprichos, que a una idea bien desarrollada. Lo más interesante del filme, que se esbosa al principio, es la idea del duelo, del abismo emocional de una pareja, o la presencia de un protagonista que es un lobo con piel de cordero, que maneja emocionalmente a su mujer, una relación que se traduce en un infierno. Esta psicología es desarrollada un poquito, para luego caer en un camino semi-misterioso, de brocha gorda, del secreto del bosque, con una revancha tipo Carrie, donde la mujer cobra venganza a través de la violencia física y todo avanza como una montaña rusa, donde a cada segundo aparece una sorpresa de mal gusto, y se agigantan las incoherencias. Es lo más cercano que Von Trier ha hecho a Michael Bay. Von Trier con una paleta de elementos que forman un suerte de estética del impacto, que tristemente se ha ido transformando en sinónimo de “cine arriesgado” (sexo explícito, mutilaciones, muerte catastrófica, situaciones extremas emocionales, etc, etc, etc). Bay con sus efectos especiales.

Pero así como me encontré con esta maratón de alto impacto, también me topé en el NYFF con dos personajes que probablemente estaban padeciendo de las mismas tensiones que los de la película de Von Trier, sólo que tuvieron la suerte de estar en otra película, “Everyone Else”.
Esta cinta alemana, como algo insinué en el post anterior, es una radiografía a una pareja, o más precisamente a cómo se comunica una pareja, a los lenguajes que se desarrollan al interior de ella. También a los malos entendidos, a la crueldad invisible que bañan sus relaciones en el día a día. Se trata de las vacaciones de verano de dos jóvenes, burgueses, treinteañeros, sin hijos, que llevan un tiempo juntos. Ambos comparten cosas en común, pero también muchas otras que potencialmente los pueden separar. El es medio neurótico, ella más relajada. Ella adora a su novio, pero tiene que lidear con su insoportable ego, constantemente disfrazado de fragilidad e inseguridad. El está atraído por ella, pero aparentemente no está tan seguro de dejarse llevar por su modo de divertirse y ver la vida, por su espíritu más libre. Es un tira y afloja, agotador, que tiene sus momentos más complejos, cuando la pareja sociabiliza, cuando tiene que estar frente a terceros. Es una especie de relación donde abunda la pasivo-agresividad, el error y el perdón. Lo más devastador es percatarse que se trata de una relación que probablemente no está en crisis, sino que recién está en el preambulo del conocimiento, de la exploración. O, en el otro extremo, percatarse que existe la semilla del final, del conflicto inminente, de la separación, pero puede que incluso estos personajes no adviertan eso y planeen estar juntos por mucho más tiempo. Sin duda alguna, hay una lucidez y un oído de la cineasta Maren Ade para reproducir este tipo de situaciones, para observar cómo se van resquebrajando los afectos. Movimientos que son casi intangibles, pero igual de dañinos que el peor de los golpes. “Everyone Else” no es una película perfecta. Creo que a veces puede llegar a abusar de cierta crueldad innecesaria, ciertos arrebatos excesivos en algunos comportamientos psicológicos, pero es imposible no admitir que hay un mirada minuciosa que desborda curiosidad y disciplina, y que permite secuencias de una profunda intimidad, que raramente ocupan un espacio en la pantalla grande.