NYFF 5

“Sweetgrass” es un documental que al principio, por los largos silencios e indefinición del lugar – sólo se veían corderos u ovejas- pensé era una película francesa o europea al estilo Raymond Depardon. Fue tras un buen rato que me percaté que estaba hablada en inglés, un inglés muy cerrado y particular. Más adelante me enteré que transcurría en Montana. Todo el filme sigue a unos vaqueros de hoy en un largo viaje para pastar el rebaño en el verano. La experiencia no tiene narrador, ni música, ni grandes sobresaltos. Avanza, si no me equivoco, cronológicamente. Tenía unos cuantos pasajes de los animales pastando, especialmente en los primeros minutos, que funcionaban bastante bien. O al menos dejaban abierta la posibilidad para muchas cosas, especialmente en el trabajo de la banda sonora, casi hipnótica. De hecho pensé que era un gran comienzo. También aún pienso que en el espíritu de la película hay un gran deseo de observar, de tomar ciertos riesgos. Pero, finalmente, la cinta me pareció plana. Creo que se trata de un trabajo que suena muy bien cuando se explica en una breve descripción o cuando se cuenta en el papel. Algo así como “uno de los últimos viajes de unos vaqueros y su rebaño a través de unas montañas del Oeste, donde tanto animales, personas y la naturaleza comparten una misma mirada”. Suena bien, y de hecho, probablemente eso es lo que querían hacer o explicar. No me cabe la menor duda que los cineastas -Ilisa Barbash y Lucien Castaing-Taylor- tenían buenas intensiones. Pero quedé con la sensación de gusto a poco. La lección – en casos como estos, donde hay muchas similitudes formales con un cine minimalista que sí me ha parecido encomiable- es que no todas las experiencias -las decisiones en esa dirección- provocan o consiguen los mismos resultados cinematográficos. Me parece que el filme tiene un pie importante puesto sobre el trabajo, sobre cómo ganarse la vida, un elemento que no está muy bien desarrollado o del que se desentienden. Entonces, en vista de esa insinuación media tibia, la película queda a veces coja, como una obra un poco preciosista, al menos en lo que a la presencia del paisaje se refiere.

Algo similar me pasó con “Ghost Town”. Al igual que “Sweetgrass”, la ví con cero referencias de antemano. Después de la función, leí lo que estaba en el papel, y sonaba mejor que lo que recién había presenciado. Es como si una declaración del cineasta completara el trabajo que está en la pantalla. “Ghost Town” es un documental chino, de Zhao Dayong, que tiene personajes interesantes, que de algún modo expresan un poco de la historia reciente de China. De las tres historias, la más potentes son la primera y la tercera. Una sobre un hombre que profesa el cristianismo y la otra sobre un niño que vive en el abandono. Lo más notable del filme es su aparente transparencia. Lo han querido colocar como un trabajo a lo Jia Zhang Ke. Sin embargo, por más que los programadores intentan situarlo en la línea de Jia –en cuanto a la China moderna y otros modos de vida que no están orientados en ese camino- no es Jia. El cine de Jia tiene una complejidad armada desde su solvencia como narrador y cronista. “Ghost Town” tiene un poco de crónica , de observación histórica, social y política –muy política- pero tiende a reiterar demasiado los conceptos y también es extremadamente horizontal. No es Jia, para nada, así como uno podría decir que todos los amigos de Andrew Bujalski –conocidos como Mumblecore- comparten y quieren hacer un cine como Bujalski, pero no son Bujalski, y están a cien años luz de su sensibilidad.