NYFF “Carlos”

Detrás de una película extensa hay siempre un pequeño evento. Es imposible no tener una expectativa o, en el otro extremo, un grado de titubeo ante el hecho de ir a meterse al cine por más de cuatro horas. Es muy poco probable no prepararse emocional y físicamente ante  gestas de este calibre. Lo peor que puede pasar es matricularse en un coñazo que huele mal desde los primeros minutos. Eso es lo más terrible. El sabor de que se está gastando el resto de la mañana o de la tarde en algo irrelevante, no se lo recomiendo a nadie. Ejemplos así me pasaron con “The Best of Youth”, ese infame filme italiano, estilo telenovela, o con la británica “The Red Riding Trilogy”, mucho más elaborada que la otra, gracias a un esfuerzo por construir una atmósfera noir, pero igual de intrascendente, una cinta de género vieja, constantemente mirando al pasado cinematográfico.  Por otro lado están las pelis que son un salto al abismo, donde la experiencia de ir explorando es altamente gratificante. Ahí están trabajos como “Satantango”, alguna de Rivette, unas cuantas asiáticas, por nombrar algo.

“Carlos”, el último filme de Olivier Assayas, que se muestra en el New York Film Festival, creo que se posiciona en un espacio intermedio. Supera los estándares de un filme biográfico o un thriller de corte internacional (está filmada en por lo menos 10 países) es sumamente agradable y entretenido de ver, funciona desde el espectáculo, de absorver con mucha facilidad la esencia de un personaje legendario y el espíritu de 3 décadas, pero al mismo tiempo queda en una especie de encrucijada, o en un jaque que proviene de la propia naturaleza  del personaje retratado, algo que trae como consecuencia cierta ausencia de complejidad.

Desde el punto de vista de cronología, de descripción de muchas anécdotas sabrosas de los años activos del venezolano Ilich Ramírez Sánchez, Carlos “El Chacal” – en su era el terrorista más buscado del planeta-  las 5 horas y media  que dura se pasan volando. Es un filme preciso, envolvente, que no da patinadas, que no se engolosina con efectismos ni da golpes bajos,  que tiene pasajes magníficos, de una soledad y desesperación abismantes, como el secuestro del avión con los rehenes de la OPEP. Sin embargo, esas cualidades no impiden que después de un rato se caiga en cierta horizontalidad y repetición de ideas ( ideas, que no son malas, para nada) quizás porque no hay mucho más que decir. Por un lado la cinta refleja magníficamente bien cómo los países europeos y del Medio Oriente fueron cambiando sus doctrinas políticas en los 70s, 80s y 90s, alterando el papel y la importancia de Carlos en ese mundo; en un principio, una estrella mediática, buscado, odiado, cotizado, y después un verdadero fantasma. Por otro, captura la transformación de Carlos, un tipo que se supone actúa y mata por una “causa política”, en un mercenario internacional.  El problema es que esta transformación a mercenario ocurre tempranamente en su vida, y en la mitad del filme. Carlos, el personaje, se apaga demasiado rápido,  se vende de un lado a otro interminablemente y sólo queda contemplar en la cinta como sigue cambiando el mundo, algo que ya habíamos entendido antes. Quizás esta repetición de esos conceptos también tiene que ver con que es un filme originalmente pensado para televisión, que se va a dar en tres partes.

Es sin duda el mejor trabajo de aquel Assayas que a veces incursiona en thrillers (como por ejemplo los olvidables “Demon Lover” o “Boarding Gate”). Tampoco es el Assayas que más me gusta a mí, en filmes como “Late August, Early September” o “Summer Hours”. Aunque hay que admitir que sí posee un acercamiento realista en cuanto al transcurso del tiempo y la relación que su protagonista tiene con las ideologías y finalmente el dinero. Es un retrato de personaje y las circunstancias que le rodean, y en ese sentido Carlos, también cuenta con la notable interpratación de Edgar Ramírez, quien se mueve por el mundo  y exigencias de Assayas  con una soltura que impresiona.