NYFF 7

Como ya lo había mencionado en uno de los textos de más abajo, estaba muy impresionado por cómo se iba desarrollando “Hadewijch”, la última película de Bruno Dumont. Quizás la impresión venía por lo difícil que era definir o calificar la experiencia. En esa primera hora de filme estamos frente a un trabajo sobrio y prolijo en torno a ciertos actos de fe de una persona inserta en el mundo moderno. La película describe lo que se podría considerar es el sufrimiento y el placer de alguien en su búsqueda del amor, el amor a Dios. El filme está cargado de religiosidad y a la vez de una entrelínea de fuerte erotismo. Con sólo ese efecto conseguido –que en manos de cualquier otro cineasta probablemente habría terminado en un mamarracho de alto calibre- Dumont se estaba anotando a su haber un tremendo ensayo de personaje. Sin embargo el cineasta decidió llevar la historia dos o tres acordes más arriba, en un afán de complejizar el tema y, en buenas cuentas, empantanarse en otros terrenos.

Estamos ante una chica que vive en un convento. Se trata de una estadía marcada por el conflicto espiritual. La chica debe dejar el lugar porque las monjas superioras no están de acuerdo con su búsqueda religiosa, relacionada a su modo de entender el amor por Jesucristo (una búsqueda marcada por el concepto del martirio, una búsqueda que tampoco está dando los resultados esperados). La protagonista entonces vuelve a la vida civil y a su pudiente familia (de clase alta y con fuertes lazos con el gobierno). La chica estudia ahora teología y sigue fiel a sus principios religiosos . Además es muy simpática, atractiva, y no tiene prejuicios en conocer gente o hablar con confianza de su relación con Dios. Un día, en un café conoce a un chico árabe que se encuentra en una posición diametralmente opuesta a ella. El es musulmán, vive en los márgenes de París, y no le intersan mucho las reglas. Entre ambos hay una atracción. Ella lo ve como un amigo, él como una posible novia. Quizás en estos momentos es donde están los mejores pasajes del filme, donde con mucho humor y subtexto coexisten distintas modos de ver la realidad. Lo más rescatable es cómo Dumont consigue colocarse en los zapatos de sus personajes y presentarlos coherentes en sus respectivos modos de vivir la vida, no obstante lo radical que puedan llegar a ser. Sin embargo, esa palabra, radical, es lo que empieza a jugar una mala pasada, o le da un cariz completamente distinto al filme, porque de una visión casi contemplativa pasamos en un dos por tres a un thriller político – estilo Marco Bellocchio- en torno a la posibilidad que los actos de fe de la protagonista salten al radicalismo ideológico. De hecho buena parte del filme relata más adelante la relación entre esta chica y el hermano de su amigo, que es un tipo mucho más extremista, dentro del islam.

Creo que muchas veces a Dumont le pasa – especialmente en sus trabajos del medio- que sus ideas o conceptos suenan muy bien cuando son explicados en una conversación. Pero cuando son plasmados en la pantalla, hay un gran desiquilibrio en los elementos que constituyen la historia y las cosas no van cuajando del modo que se había pensado. En algo se esbosa la idea de lo súbito o fácil que se puede pasar de la fe (del acto interno, pasivo, de creer en algo) a acciones extremistas violentas o al fanatismo. Pero ese aspecto está desarrollado a medias, y pareciera que hay dos películas en una, casi cómo si hubieran cambiado al guionista en la mitad. Es un giro donde se dejan de lado todas las sutilezas – la libertad, el camino exploratorio- que se habían presenciado al principio, para pasar a un mero filme de suspenso. En definitiva y después de vista, es evidente que la película tenía un objetivo claro, más marcado por ese lado político. Es un trabajo donde lo que más me gustó se fue súbitamente por la borda, y lo que realmente quería ser – un filme con rivetes políticos religiosos- quedó incompleto.