“Numéro Zéro”

Ya estoy de vuelta en NYC donde el otoño invernal me recordó una vez más que esta ciudad no se anda con cuentos cuando llega el frío. O cuando se pone oscura. Los primeros dos días estuve trabajando bastante, así que sólo hoy me parecaté que la noche está cayendo antes de las 5 de la tarde. Teniendo en cuenta esto, el panorama no es muy alentador.  Al menos en materia cinematográfica me tocó una mejor recepción, cuando descubrí que estaban dando dos filmes poco usuales de encontrar en cartelera. En el MoMA estrenaban “Double Tide”, la última  película de Sharon Lockhart, mientras que en el Anthology Film Archives se daba  la copia completa, en sus 104 minutos, de la legendaria “Numéro Zéro”, de Jean Eustache.

Por Lockhart tengo una profunda admiración. No sólo porque sigue una línea que muy pocos abordan, sino porque es una artista paciente, consciente de los atributos de la realidad, alerta al momento preciso de registrar ciertos trozos de ella, dejándola suspendida en el tiempo. “Double Tide”  posee esa aura y a la vez –como en casi todos sus filmes- un cuidado trabajo fotográfico y sonoro. También habla del trabajo, un tema que se ha ido repitiendo en su cinematografía. “Double Tide”, filmada en dos grandes planos generales, habla del oficio de una mujer que recolecta almejas en Maine. Es una larga observación de sus labores en una pequeña ensenada, con la marea baja,  donde la trabajadora remueve el lodo o el agua y va depositando los moluscos en unos cuantos  canastos. Se supone que hay un momento del año donde estas condiciones se producen dos veces al día. De ahí el título. Por lo que se ve en la cinta se trata de una actividad profundamente solitaria. Es una cinta que lo obliga a uno a pasar por el páramo – a llegar a momentos que pueden ser aletargantes- pero paga el recorrido, especialmente después. Quizás le encuentro más sentido ahora cuando recuerdo ese mismo lugar, esa bahía arbolada fotografiada en sus extremos: en la mañana gris, brumosa  y luego diáfana, cuando cae el sol. Cuando terminó la proyección, para mi asombro había llegado Lockhart – que vive en Los Angeles-  acompañada por la protagonista, la mujer que escarba almejas. Era raro verla de cerca, cuando en los planos de la cinta apenas se distinguía su figura. Hablaron, entre otras cosas, del modo en que se ha ido desarrollando ese oficio, una ocupación cuya técnica sigue siendo la misma desde hace mucho tiempo.

La proyección de “Numéro Zéro”, al día siguiente, tenía un sabor especial para mí. Hace un par de años, durante una muy buena conversación al rededor de unas exquisitas empanadas que nos invitó Ignacio Agüero en su casa, José Luis Torres Leiva recordó ese documental de Eustache. Dijo que era una película que revelaba magistralmente el sentido de la historia oral, de contar algo y de ser escuchado. Recuerdo el relato de José Luis tan vívido como si en ese momento hubiera estado viendo la cinta. Y la verdad que ese es quizás el efecto más maravilloso de este filme, esa misma sensación de recordar que es capturada, que permite ver las posibilidades del testimonio, del relato hablado, cuando es puesto en la pantalla grande. La proyección de “Numéro Zéro” fue un evento inusual en el Anthology. Era parte de un ciclo programado especialmente por Pedro Costa. Estaban muchas caras conocidas de la escena cinematográfica neoyorquina. Hasta Jim Jarmusch llegó a ver la peli. No debería ser sorpresa, “Broken Flowers” está dedicada al fallecido director francés. Si el entusiasmo que se respiraba en la sala era grande, el filme de 1971 (y recuperado en su plena duración en 2003) se encargó, creo yo, de dejar a todos satisfechos. Eustache filma a su abuela. De una manera muy informal, los dos se sientan en una mesa y ella empieza a hablar de su vida. La abuela está mirando a su nieto, y nosotros lo vemos a él de espaldas. Hay dos simples encuadres, que se mantienen todo el filme y que sólo se interrumpen por el comienzo de la nueva bobina de 16 mm que se coloca en la cámara. Hasta la claqueta, que la hace el propio cineasta, aparece en la película. La abuela es una mujer muy fuerte, que empieza a recordar momentos bastante infortunados de su pasado. Si los enumero son toda una tragedia: guerras, miserias, pérdidas personales, maltratos. Pero ahí está ella, sentada,  tomándose un whisky, escudriñando en sus memorias, en la historia reciente. Es un ejercicio lúcido, un trabajo que tiene la apariencia de un borrador, pero que oculta varios de los componentes más puros y fascinantes del cine. Eustache era una persona que tenía hambre de filmar, y en esta aventura, que para cualquier otro cineasta con ideas virtuosas sería como los descartes de algo más relevante, demuestra que es capaz de emocionar con lo que tiene a mano. Una experiencia inolvidable.