“Las marimbas del infierno”

“Marimbas del Infierno” es una de las películas  con la que más me he reído en mucho tiempo.  En la comedia creo que se encuentran una de las grandes reservas del cine. Hay un dejo descabellado y subversivo en el humor que a veces me sorprende. Este filme guatemalteco no es tan disparatado ni tan subversivo, pero de alguna manera posee cierto encanto para capturar los absurdos de la vida cotidiana.

La película cultiva un estilo deadpan en torno un par de músicos que están desempleados y olvidados.  Es una cinta que resulta victoriosa pese a unos cuantos nubarrones que le pasan por encima. Las amenazas surgen del filme en sí mismo, por un guión – o lo poco que existió de él- a veces disparejo, ingenuo y cierto aire pintoresco en el ambiente. Quizás por algo de inmadurez afloran  a ratos guiños débiles hacia un discurso político sobre los problemas de un país que pareciera permear aquello más anecdótico. Sin embargo, Julio Hernández Cordón, el director, se desplaza  en estas arenas movedizas y llega al otro lado porque descubre finalmente que el corazón de la película está en los personajes que retrata. Estos músicos son genuinos, espontáneos, divertidos y adorables.

Alfonso es un hombre muy sencillo que está pasando pellejerías porque nadie lo contrata para tocar la marimba. Un día Chiquitín – su inenderezable ahijado –   le comenta que conoce a Blacko, una antigua gloria del heavy metal guatemalteco, que anda en las mismas, a medio morir saltando. Los dos, que a su modo se consideran especies en extinción,  conectan con el propósito de armar un proyecto musical – un híbrido imposible entre rock pesado y sonidos tradicionales- que les permita juntar unos pesos. En este cuento de sobrevivencia emergen varios de los pasajes más memorables del filme. Especialmente aquellos en que los tipos se tienen que poner creativos a la hora de vender el experimento-empresa que lleva el mismo nombre que el título de la cinta.

Una vez Ben Gazzara dijo que su personaje de Cosmo Vitelli  -el atribulado dueño de un club nocturno en la película “The Killing of a Chinese Bookie”  - era  el ejemplo perfecto de la vida de cualquier artista haciendo lo que fuera necesario para sacar un proyecto adelante. Don Alfonso y Blacko son Cosmo Vitelli en pequeña escala. O, siendo más justos, tienen un alma igual de compleja que la de Vitelli, pero matriculados en un plan donde abundan las fallas, las ideas aficionadas y los reveses pedestres, aunque no por eso menos importantes.

Viendo “Marimbas” me acordé de lo arraigado que está el heavy metal en la cultura popular de varios países latinoamericanos. ¿Cómo no llorar de la risa cuando Blacko le habla al incrédulo Alfonso de su pasado  satánico? o cuando Chiquitín -que generacionalmente pertence al hip hop- intenta entender lo que significa el heavy metal. El director conoce muy bien los mundos del rock y las marimbas y basta con que exponga un poco a cada uno en un contexto distinto para que queden al descubierto sus esqueletos.

Lo más enternecedor del filme, lo que le da un pincelada extra a las altas dosis de humor,  es el inexpugnable peso de la realidad, ver a estos dos dinosaurios enfrentados a un mañana donde todos los esfuerzos finalmente son sólo una euforia temporal para sortear un panorama rocoso. Un panorama más pesado o triste que las propias canciones de Backo, pero al cual los protagonistas de alguna manera se las arreglarán para encontrar otra solución.