Fantasmas del pasado

 

 

Gracias al festival de Rotterdam ahora soy un poco más amigo de algunos fantasmas, especialmente aquellos que habitan la febril cinta española “Finisterrae”. En su última versión curiosamente ganaron dos películas que explícitamente hablan de seres fantasmales. Contrario a lo que me imaginaba iba a ocurrir, me la pasé muy bien con ambas. “Finisterrae” es una cinta que debe ser, supongo, una de las parodias más extrañas que han emergido en el cine reciente. La otra es “Eternity”, que a pesar de que tiene un título para salir corriendo (y que me hizo pensar que era prima hermana de las partes más innecesarias de “The Tree of Life”) resultó ser una película bastante disfrutable.

Normalmente cuando aparecen los fantasmas en un filme empiezan mis sospechas. No tengo nada contra los fantasmas en sí mismos -tampoco un afecto especial, no soy un erudito ni pretendo escribir un tratado sobre ellos- pero creo que el cine se ha quedado muy atrás en el modo de representar el más allá o los espíritus. Con unas cuantas excepciones, la utilización de entes fantasmales me resulta una especie de recurso perezoso pero aceptado, un arrebato importado desde el pasado – desde otro modo de entender el mundo- para que opere paradojalmente en tiempo presente, sin que necesariamente el filme tenga que ver con el pasado o intente cuestionar nada en ese sentido. Ese efecto también se puede aplicar a otro tipo de fantasmas, mañas, artificios  - de género narrativo,  construcción dramática o ideologías-  que por decirlo así arrastra el cine en general.

 

 

“Finisterrae” es un placer culpable que con mucho humor deja en evidencia esa artificialidad cinematográfica,  se ríe de las mañas clásicas y al mismo tiempo también le revuelve el gallinero al cine contemporáneo. Se trata de un filme juguetón, inescrutable y a ratos absurdo. En medio del descolocamiento, debo admitir que hay varios pasajes que son memorables, una mezcla de ironía y creativadad poco usual.  La cinta nos muestra a dos  fantasmas en crisis, medios deprimidos, que están hartos de ser espíritus. Los protagonistas viven en tiempo presente pero andan con unos atuendos que son el cliché de los clichés fantasmagóricos -cubiertos con sábanas-  y han decidido consultar un oráculo  para que les de una idea de qué hacer. El oráculo les dice que para poder regresar a la vida tienen que hacer un peregrinaje por varias partes de Galicia. Al principio – las primera secuencias- todo me pareció ridículo. Pero al poco rato fui saboreando su tono lúdico y aventurero. Varias circunstancias son demencialmente hilarantes, los personajes andan a veces en un caballo de palo, hablan de lo que les dice el psiquiatra o tienen unas discursivas charlas existenciales. Visualmente el filme es muy bello, cuidadosamente compuesto, inclinado a describir los  pormenores que surgen en los lugares recorridos durante el peregrinaje. Todo el tiempo hay referencias a otras películas -algo que no necesariamente me maravilla-  aunque no estamos ante “The Kentucky Fried Movie”. El cine citado también tiene que ver extrañamente con aquel más moderno, uno que normalmente no se ve parodiado, como por ejemplo puede ser el cine de Albert Serra o Philippe Garrel. Lo más cercano que recuerde en este tono   -y digo cercano con unos cuantos millones de años luz de distancia-  puede ser “La úlltima noche de Boris Grushenko” (“Love and Death”) de Woody Allen (un pistoleo a Ingmar Bergman y los dramas rusos) o algo de Monty Python. Pero “Finisterrae” se aleja de eso porque es una extravaganza repleta de viñetas al borde del sin sentido, surrealista en varias ocasiones, que a veces tiene resultados magníficos y  en otros es más sosa. Eso sólo me puede hacer pensar que es un gran chiste (una broma interna, debería agregar). Una tomadura de pelo que de todas maneras hace temblar un poco lo que uno creía genuino en el cine contemporáneo, o al menos hace pensar que lo que fue espontáneo se puede transformar en artificioso en un dos por tres, cuando se siguen ciertas coordenadas.  Aunque no se si es eso lo que querían hacer los responsables del filme. ¿Qué había en la mente de su director, Sergio Caballero? ¿Una carta en contra o favor de los artificios?  Quizás Caballero quería manifestar su tedio con tantas mañas y antigullas. Pero aún para mí es un enigma. Tiene rasgos de instalación artística, aunque constantemente se burla de ellas.  Caballero es una de las personas al mando del festival de música Sónar, en España. Aparentemente fue un proyecto para ese festival que después fue agarrando forma y autonomía como película.

 

 

En el caso de “Eternity” al fantasma no lo vi nunca. Después de que finalizó el filme me enteré que había uno. Pero eso no me importó mucho, porque la experiencia fue cautivante en sí misma.  Este debe de ser uno de los pocos casos donde el filme es mejor sin la explicación o la información complementaria que suele acompañar a muchos trabajos (y que prácticamente no leo).
Lo que yo vi: la historia de un hombre que recuerda los momentos más entrañables del comienzo de su relación sentimental con una mujer, un bello cortejeo que se transforma calmamente en un compromiso matrimonial. Después, años más tarde, vemos el fruto de esa relación, a la mujer y los hijos, pero sin el padre. Me pareció un gran retrato del amor en ciernes, muy en ese estilo sutil que desarrolla Hou Hsiao-Hsien.
Lo que se suponía que era: El protagonista es un fantasma que, según una tradición tailandesa, debe recorrer un lugar donde tuvo momentos de mucha felicidad. Por eso llega hasta su juventud en el episodio donde flirtea con quien sería su futura esposa. Además, de acuerdo al director –  Sivaroj Kongsakul- se trata de una recreación fílmica de cómo fue que se enamoraron sus padres.  La explicación suena como un filme de Apichatpong Weerasethakul, pero sólo lo es en la medida que destila ternura, no en lo que se refiere a la explosión narrativa o los seres fantasmales que ha estado explorando recientemente nuestro amigo “Joe”. Si bien el componente fantasma le da otra connotación, de caracter espiritual o mística, a la historia de “Eternity”, creo que no altera lo que disfruté, que es la descripción del bello inicio del amor y su inevitable desgaste o caducidad.

 


El tema fantasmal en “Eternity” está un poco oculto en explicaciones externas, un sabor muy similar que me dejaron algunas banalidades y trampas  de “Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives”. Por suerte hace poco me reconcilié con Weerasethakul gracias a un proyecto mucho más concreto como es “Primitive”, que tiene un par de cortos notables – “Making of the Spaceship” y “Phantoms of Nabua” – en los cuales construye imágenes tan enigmáticas y forasteras, como quizás fueron alguna vez todos esos fantamas -vestidos estilo Gasparín o Finisterrae- que impresionaban a un niño en el siglo 19.