Adiós don Raúl

El gran Rául Ruiz se fue del mundo  y se llevó consigo muchas de las respuestas a enigmas que habían alrededor suyo. Hace una semana caminaba por Manhattan con mi buen amigo Jorge, quien trabajó con Ruiz en algunas de sus últimas películas en Chile, y le decía que me impresionaba cómo una persona como él después de tantos años, con ya 7 décadas en el cuerpo, aún era un mito indescifrable. Tal como el texto que apareció en Film Comment, Who’s Raul Ruiz?, a propósito del estreno de “Misterios de Lisboa”  en el Elinon Bunin Monroe Center, me sigo preguntando cuánto fue lo que alcancé a entender de él y su obra. Don Raúl, como así lo conocían todos los chilenos que admiraban a este cineasta inagotable, fue siempre  una figura escurridiza. Sus trabajos, al igual que él,  tuvieron el carácter de incatalogables o se econtraban al final de recovecos que  simplemente hacían toda una cruzada poder verlos. No conozco a nadie cercano  que haya visto todos sus filmes, que sumaban un centenar.

Recuerdo que una vez, por invitación de Jorge, pasé a uno de sus rodajes en Santiago y en lo poco que compartí con él quedé impresionado por su capacidad de hilar ideas. Fue una experiencia huracánica que en un par de minutos nos llevó a su paso por Nueva York filmando “The Golden Boat”, a algunas anécdotas sobre su productor neoyorquino (a quien ambos conocíamos), a las cosas que le llamaban la atención de Béla Tarr y José Luís Torres Leiva, incluso me comentó sobre un documental que había hecho alguien que capturaba cosas imposibles de capturar, como un avión cayéndose (o al menos eso es lo que me acuerdo). Todo esto mientras preparaba un plano. Luego, cuando ya estaba sentado detrás de cámara, llegó un amigo poeta a quien le empezó hablar de unos cuentos chilotas, una historia que súbitamente se transformó en una discusión sobre los antecedentes de unos textos antiguos europeos y finalmente en el propio Ruiz tarareando una canción medieval. Una experiencia brillante y abrumadora. Una sensación que también me provocó una entrevista que otro buen amigo mío, Christian Barbe -  un cineasta, crítico y profundo admirador de lo ruiziano- le hizo hace un par de años, donde Ruiz  parte hablando de los hábitos etílicos de franceses y chilenos, pasa por la capacidad del vino para evocar lugares y recuerdos, conecta la idea de la embriaguez con filmes suyos como “Tres Tristes Tigres” y “Las Tres Coronas del Marinero” y luego vuelve al vino, elogiando el Borgoña que, según él, le hace sentir como de treinta años. En fin, supongo que todos los que lo conocieron deben haber pasado por una situación similar, una sensación de estar a la deriva, en una aventura alambicada  y lúcida. Como muchos de sus filmes.

Mis películas favoritas de Ruiz son: “Tres Tristes Tigres”, “Diálogos de Exiliados”, “La Hipotesis del Cuadro Robado”, “On Top of the Whale” y  “Misterios de Lisboa”.

Sobre esta última escribí este texto para el pasado New York Film Festival.

“Misterios de Lisboa” es un triunfo de la gran aventura llevada a la pantalla grande.  Podría llamarse Cuentos de Lisboa, Historias de Lisboa o hasta Historias Extradordinarias (como la eximia película argentina). “Historias Extraordinarias” es una oda a la historia total, interminable, inspirada en la novela decimonónica, pero inserta en el mundo contemporáneo. “Misterios de Lisboa” es un canto al mundo antiguo, a la moral del siglo 19 en Portugal. Es abiertamente una cinta de época. Una cinta que conquista lugares donde muchas miradas cinematográficas que intentaron llegar a esas cumbres se plagaron de errores e inconsistencias. Es un filme que funciona como una vorágine, que  cuenta varios grandes periplos de amor, venganza, fortunios e infortunios, a través de la tradicion oral, a través de ventanas que se van abriendo dentro de un cuento, que ya era parte de otro cuento. Un filme que podría no tener fin, y cuyo peso se siente tras vivenciarse las cuatro horas que dura la experiencia.

El trabajo de Raúl Ruiz es contenido, sobrio – uno diría hasta lineal comparado con otras formas más complejas que ha elaborado en el pasado. Pero creo que Ruiz elige ese acercamiento porque entiende que la historia o historias que tiene en sus manos son de un vértigo explosivo en sí mismo. Nos encontramos con Pedro Da Silva, un chico huérfano que le pregunta a un curita sobre sus borrosos orígenes. El sacerdote le cuenta  de su pasado, de su padre y de su madre, a través de un recuento de hechos acaecidos en años recientes. De este modo vamos enterándonos de las vidas de personajes que habitan la sociedad de Lisboa, aristócratas, piratas, ladrones, impostores, emprendedores, nobles arrogantes y otros venidos a menos, personas con más de dos identidades, libertinos, moralistas, etc. Hasta el propio cura – uno de los sacerdotes más divertidos de la historia del cine- se transforma en un héroe de la manera más inusual, en su búsqueda de un sentido de justica, que alguna vez vio perdida en su juventud.

La historia es una adapatación de la alambicada novela del mismo título escrita por Camilo Castelo Branco. Un libro que a Ruiz le cayó como anillo al dedo, porque es un cineasta que adora los cuentos, las cosas que van quedando en una niebla y se transforman pausadamente en mito. Pero además de estos elogios como gran película de género y artificios, “Misterios de Lisboa” es un retrato que captura brillantemente la médula de la problemática del hombre en busca de la felicidad y el modo en que se adapta a los fracasos, cuando no la alcanza. Siempre he creido que la idea de esfumarse, de escapar emocionalmente, para poder encontrar un nuevo balance en la vida, es un tema que ha sido poco explorado en el cine. Ruiz y su guionista –Carlos Saboga- consiguen hablar de aquello pero dentro de las expresiones propias del siglo 19. Pocas veces antes había tenido tanto sentido para mí la idea de la reclusión en un convento, el viaje a tierras desconocidas o hasta los duelos. También es una gran descripción de cierta tendencia humana a repetir los mismos errores. Es un filme que explora con una poética casi matemática aquellos ciclos vitales que se van reencontrado en los lugares más impensados.

Un verdadera lástima la muerte de Ruiz.