“Tabú”

 

Cuando aparecen filmes como “Tabú” se renuevan las alternativas del cine como un lugar donde aún existen muchos caminos por recorrer, donde lo narrativo permite ofrecer la sensación de estar entrando en territorios no delimitados o lo que se está presenciando está muy cerca de empezar a cobrar vida y no una cosa que ya ha sido varias veces digerida. Miguel Gomes, su director, ya había demostrado con “Aquel querido mes de agosto” que estos rincones se podían encontrar en cualquier parte, incluso en un documental que lentamente se transformaba en ficción. Esta vez el sentido de aventura está conectado con saborear la extraña amalgama que se produce al arrimar el presente con el pasado, que para Gomes es entender aquellas cosas que componen la nostalgia, una melancolía conformada por todos esos elementos que integran la memoria histórica de las últimas 5 décadas y donde obviamente el cine tiene – o tuvo- un rol crucial. Por eso cuando este cineasta portugués juega con las distintas formas de imágenes y sonidos y habla de una historia de amor, no sólo apela a lo que esta aplastante anécdota amorosa puede entregar, sino que a muchas otras variaciones más, desvaríos libres, espontáneos que finalmente le dan al filme la sensación de totalidad. Gomes divide el relato en unos cuantos episodios, centrados  en Aurora, una anciana que vive en Lisboa, una mujer que está teniendo un envejecimiento complicado y solitario. Aurora está al borde la demencia senil y en su agonía ha pedido que ubiquen a un hombre llamado Gian Luca Ventura. Después el filme nos lleva muchos años atrás, a Africa, donde Gian Luca y Aurora – en ese entonces una bella mujer casada- vivieron un intenso affair. El goce del filme pasa por el cautivante lirismo que se apodera de cada cuadro, una poética que refuerza la idea del amor perdido y a su vez alimenta aguas que nos llevan por centros comerciales, la vida en el colonialismo, cazadores, cocodrilos o incluso la música de Phil Spector. No me cabe la menor duda que Gomes está en perfecto control de las riendas y, parafraseando a Quintín, el notable crítico de cine argentino, seguro en apoderarse de las herramientas del cine clásico, pero con una sensibilidad desbordantemente moderna.