Recuerdos de Flaherty

 

 

 

No tengo la menor duda que el seminario de Flaherty ha sido la mejor experiencia cinematográfica que he tenido en años. Mejor incluso que el más cautivante de los festivales por el que me haya tocado pasar. Había escuchado siempre hablar de gente que volvía maravillada de esta experiencia, organizada por la fundación que lleva el apellido de legendario documentalista, y yo por algún motivo siempre me la perdía. Me arrepiento profundamente no haber estado antes, porque el trabajo que hace esta organización es fuera de serie y en un nivel que es difícil encontrar. De la mano de Josexto Cerdán, el hombre detrás de Punto de Vista, el exigente festival de Navarra, y el invitado escogido para programar este año, me dejé llevar por una semana que sólo se puede catalogar de tremendamente alimentadora y desde ahora adictiva. El seminario se realiza una vez al año en una zona boscosa de Nueva York cercana a la frontera con Canadá y es un escenario perfecto para la discusión. En estos siete días intensos, con 3 o 4 tandas de proyecciones diarias, se llega con muy poca información respecto a lo que se verá. De hecho no se anuncian las películas hasta el momento en que se proyectan. Lo único que se sabía es que Josexto – de quien siempre me hablaron cosas buenas como programador de festivales y académico- estaba a cargo del asunto y que le había colocado de título a toda la muestra “Open Wounds”, que en español significa heridas abiertas. De este modo a los que participábamos no nos quedaba otra que andar a tientas y formarnos una idea de lo estaba pasando en la medida que iba ocurriendo.

Todos los cineastas que tienen documentales secretamente incluídos participan además en el seminario, integrados en la audiencia. Si uno conoce a estos directores o los ubica de alguna manera, quizás es la única forma de predecir o de tener algún indicio de lo que se va a mostrar, una apuesta que al principio puede ser errada, porque también hay directores – muchos de ellos muy importantes- que llegan hasta Flaherty sólo para participar de las discusiones, pero no para presentar sus películas. Es raro hablar de un espacio al que se va por el sólo placer de discutir, pero después de lo visto, no me queda otra cosa que corroborar que se trata de grandes debates, una colisión de planteamientos profundos que manifiestan las distintas maneras de comprender el cine. Incluso en aquellas conversaciones donde se podía estar en el polo opuesto de una idea, los argumentos eran tan sólidos, que también a uno se le movía el piso. Quizás ese es el gran deleite de Flaherty, que todos los que llegan hasta allá son personas que tienen hambre de ver buen cine, de compartir conocimientos, de pasar tiempo juntos, de beber hasta tarde en el bar para seguir charlando  y celebrar las diferencias. Así hubo notables discusiones y disputas que quedarán para la historia.

Muy en el mood de Flaherty, en mi primera hora de llegado al seminario, apenas acababan de pasarme las llaves de mi pieza,  cuando me puse a conversar con un tipo que estaba junto a mí en el hall de entrada y que al igual que yo intentaba ubicarse en el lugar. El hombre resultó ser Sylvain George, un notable cineasta francés quien al terminar los siete días de cine, se transformaría en una de las grandes estrellas de este seminario, gracias a su largo “Qu’ils reposent en révolte (Des figures des guerres)”, varios de sus cortos o ensayos y su asombrosa personalidad política, de frente de batalla. Un cineasta riguroso, instruido y que anda sin rodeos por la vida. En la próxima entrada escribiré sobre su cine, una aleación explosiva de rabia y denuncia de varias de las problemáticas que afectan a la Europa del siglo 21.