Entrevista con Miguel Gomes

 

Sobre Miguel Gomes he hablado varias veces, tanto con “Aquel querido mes de agosto” (‘Our Beloved Month Of August’) y “Tabu”, dos trabajos formidables, que lo han colocado en una posición adelantada dentro del cine contemporáneo. Durante el NYFF un buen amigo me comentó después de ver “Tabu” que además de toda la libertad, humor y amor a raudales que poseía la cinta, le llamaba la atención la inteligencia que permeaba Gomes, pero sin exhibirla. No podría estar más de acuerdo con él. Aunque agregaría que “Tabu” no es sólo alegría, es también tristeza, es un filme que contrasta un presente sombrío con un pasado sumamente vistoso y aventurero, pero que no deja de tener el sabor de añoranza de lo transcurrido, de lo que ya fue. En la entrevista Gomes me dijo que quería que la historia de amor de la segunda parte del filme estuviera contaminada por todo el peso de la primera parte, por todo el desconsuelo, la sensación de cercanía a la muerte del primer episodio, de modo que la historia de juventud y romance de Aurora, la protagonista, fuera una caso completamente perdido desde el principio. Como Gomes es un gran conversador, de la vida y la muerte en la entrevista, pasamos súbitamente a la descripción de momentos inolvidables de “Río Bravo”, de Howard Hawks, cuando nos adentramos en su gusto por el cine clásico estadounidense.

Esta la entrevista.

 

Esto además fue lo que escribí sobre “Tabu” hace unos meses.

Cuando aparecen filmes como “Tabu” se renuevan las alternativas del cine como un lugar donde aún existen muchos caminos por recorrer, donde lo narrativo permite ofrecer la sensación de estar entrando en territorios no delimitados o lo que se está presenciando está muy cerca de empezar a cobrar vida y no una cosa que ya ha sido varias veces digerida. Miguel Gomes, su director, ya había demostrado con “Aquel querido mes de agosto” que estos rincones se podían encontrar en cualquier parte, incluso en un documental que lentamente se transformaba en ficción. Esta vez el sentido de aventura está conectado con saborear la extraña amalgama que se produce al arrimar el presente con el pasado, que para Gomes es entender aquellas cosas que componen la nostalgia, una melancolía conformada por todos esos elementos que integran la memoria histórica de las últimas 5 décadas y donde obviamente el cine tiene – o tuvo- un rol crucial. Por eso cuando este cineasta portugués juega con las distintas formas de imágenes y sonidos y habla de una historia de amor, no sólo apela a lo que esta aplastante anécdota amorosa puede entregar, sino que a muchas otras variaciones más, desvaríos libres, espontáneos que finalmente le dan al filme la sensación de totalidad. Gomes divide el relato en unos cuantos episodios, centrados  en Aurora, una anciana que vive en Lisboa, una mujer que está teniendo un envejecimiento complicado y solitario. Aurora está al borde la demencia senil y en su agonía ha pedido que ubiquen a un hombre llamado Gian Luca Ventura. Después el filme nos lleva muchos años atrás, a Africa, donde Gian Luca y Aurora – en ese entonces una bella mujer casada- vivieron un intenso affair. El goce del filme pasa por el cautivante lirismo que se apodera de cada cuadro, una poética que refuerza la idea del amor perdido y a su vez alimenta aguas que nos llevan por centros comerciales, la vida en el colonialismo, cazadores, cocodrilos o incluso la música de Phil Spector. No me cabe la menor duda que Gomes está en perfecto control de las riendas y, parafraseando a Quintín, el notable crítico de cine argentino, seguro en apoderarse de las herramientas del cine clásico, pero con una sensibilidad desbordantemente moderna.