Homenaje a Jonas Mekas


 

Jonas Mekas cumple 90 años y para celebrarlo el Anthology Film Archives está dando esta semana varias de sus películas más emblemáticas. Anoche estuve en el pase de “Lost, Lost, Lost”, que si no me equivoco jamás había visto en el cine (pantalla grande) ni en su copia restaurada. Fue una de las proyecciones más placenteras que me haya dado un filme en los últimos meses. Es un trabajo lleno de vida que me dejó con la sensación de que la posibilidad de una autobiografía visual está al alcance de cualquiera si se tiene una cámara al lado (aunque probablemente sea así para tipos con el rigor que tiene Mekas). El cineasta lituano, radicado hace más de 60 años en Nueva York, editó a mediados de los 70s parte del material que filmó entre 1949, año de su llegada a Brooklyn, y 1962, cuando ya se había transformado en una personalidad del underground del bajo Manhattan. “Lost Lost Lost”, como lo expresan las propias palabras del título, es un diario sobre un hombre que llega a Estados Unidos como refugiado de posguerra, quedando en el más desconcertante desarraigo. Es un ensayo sobre ser extranjero, tener otra cultura en la cabeza, hablar con acento e intentar encontrar sentido a todo. Es también una reflexión en torno a la soledad, expresada de manera honesta, como aquellas revelaciones sobre pasar largas horas caminando por las calles de en ese entonces empobrecido Williamsburg, un poco a la deriva, sin conocer a mucha gente, con la excepción de su hermano, Adolfas, y unos cuantos expatriados más. Es interesante como este canto al destierro y la añoranza del hogar dejado, al cabo de unos cuantos años da paso a asumir que este paso temporal se transformará en permanente y que Nueva York sin necesariamente quererlo será la residencia definitiva. Un momento crucial para Mekas, que desde ese instante de alguna manera elige su propia voz como intelectual y autor. Es ver germinar la mirada de un ser diferente, más aplomado en sus convicciones, que ha decidido avanzar en cierta dirección aunque no por eso sin eliminar el velo de la incertidumbre (basta pensar lo arriesgado de su propuesta experimental en una época tan conservadora como eran los 50s) y por eso lo deleitable de la idea de estar perdido de la que habla el filme. Es también ver la evolución de un cineasta como narrador de imágenes o incluso la evolución del propio cine (desde sus inicios hasta ahora) cuando comparamos los primeros planos azarosos filmados por Mekas, con otros más complejos y cargados de significación, más al final de la cinta, por ejemplo junto a Ken Jacobs. El sabor de la espontaneidad, de ni siquiera saber que lo que se filmó iba a ser parte de una película, se goza como nunca, aunque pareciera imposible disociar el hecho de que el cineasta también crece y tiene algo más que decir.