Keane y la presentacion de un buen amigo

Sobran palabras para presentar a mi amigo Alejandro Fernandez, con quien tengo una afinidad de relojeria suiza a la hora de conversar de peliculas…algo que nos consume mas tiempo del que cualquiera se puede imaginar. Alejandro es un gran critico de cine y un talentoso guionista. Nos conocimos precisamente hablando de guiones aca en NY. Y de hecho de uno de esos ratos charlando y argumentando, salio algo que este año quedo entre los tres finalistas del concurso de guiones de Sundance. Alejandro escribio el script de Huacho, que con justa razon fue visto con los mismos ojos con los que se apreciaron los guiones de Whisky, la Cienaga o El Bonaerense. Viene muy de cerca el comentario –porque de hecho con Alejandro desde hace un rato que empezamos a trabajar juntos- pero el “Pollo”, como asi lo conozco, tiene una mirada fuera de lo comun y ademas comparte el mismo espiritu por el cual partio este blog, que es el amor por las peliculas.

Recuerdo el dia que vi Keane –en el verano del 2005- y lo potente que me parecio la mirada de Lodge Kerrigan, su director. En esta pelicula queda claro que las afecciones mentales no tienen nada de simpaticas, ni son cuentos de hadas. Es mas, se trata de una leccion de realizacion, que en manos de un ojo menos intuitivo habria terminado en cualquier lugar…en la categoria de los locos idealizados.

Este es el relato de nuestro apreciado amigo (que ya pronto estara filmando Huacho)

Keane
Por Alejandro Fernandez

Lodge Kerrigan pertenece a ese escaso puñado de grandes cineastas estadounidenses que trabajan en las verdaderas sombras, no sólo de Hollywood, sino también del sobrepromocionado y por lo general muy poco interesante ambiente “indie”. Junto a Ira Sachs y Andrew Bujalski, Kerrigan hace películas que por varios motivos no parecen hechas en EEUU, o al menos no por un estadounidense. Por su riesgo formal (Keane no tiene ni una gota de música), la claridad de sus ideas y más que nada la economía de recursos y sobriedad con que presenta sus personajes e historias, Kerrigan bien podría ser un cineasta iraní, belga o rumano (uno piensa de inmediato en Jafar Panahi, los hermanos Dardenne o Cristi Puiu) filmando en pleno corazón de Manhattan. Tras la frialdad milimétrica y vidriosa de “Claire Dolan”, Kerrigan regresa a un terreno ya visitado en su ópera prima, “Clean, Shaven”, pero ahora a partir de la más pura objetividad. “Keane” es la historia de William Keane, un enfermo mental siempre al borde de la esquizofrenia y paranoia más incurable. Keane es un ser frágil, violento y totalmente incontrolable, y el camino por el que opta Kerrigan para retratarlo es el más difícil, pero al fin y al cabo el más bello y justo: Keane no es el típico enfermo mental de Hollywood, ese “loco lindo” o “mendigo sabio” que muchas películas han buscado retratar (pienso en “The Fisher King” como el ejemplo más aberrante, o esos innumerables “mendigos-locos-poetas-profetas” tan queridos por ciertos cineastas latinoamericanos). La locura de Keane no tiene nada de dulce y soñadora. Keane vive un infierno, el infierno de su propia enfermedad, y por una hora y cuarenta minutos nosotros lo acompañamos en su calvario.

La historia comienza con Keane paseándose por las cercanías del terminal de buses de Port Authority, buscando a su hija, a quien asegura haber perdido allí algunos meses atrás. Poco importa si esto es al final cierto o no porque Kerrigan no pierde el tiempo en mostrar lo obvio, en hacer la película que casi cualquier otra persona hubiese hecho. Lo que importa en Keane es su locura, esa locura molesta y peligrosa, esa locura del homeless al que le hacemos el quite en el metro, el que nos apunta con el dedo y nos dice que nosotros somos aquel que conspira a sus espaldas. Keane se sube a un bus convencido de que encontrará a su hija pero se baja a mitad de camino, seguro ahora de que una chaqueta que vio tirada en un estacionamiento es de ella. Luego vaga por la entrada del Lincoln Tunnel y le grita a los autos y los transeúntes, hasta que se hace de noche y se duerme en la calle. Pasada la primera crisis sicótica de la que somos testigos, llega a un hotel de carretera en New Jersey y experimenta un momento de cordura, un oasis en medio de la tortura constante de sus días. Durante este paréntesis de total normalidad conoce a una mujer que espera junto a su hija poder ir a reunirse con su pareja en algún lugar del norte. La mujer debe ir a trabajar y deja a la niña al cuidado de Keane, quien se ve forzado a compartir con ella, a cuidarla por algunas horas, tarea sencilla para cualquiera pero que a él le exige un esfuerzo que parece ir más allá de sus límites. Las escenas en que Keane (un notable Damian Lewis) se moja la cara y le grita a sus fantasmas mientras una niña dulce y confiada lo ve con una mezcla de miedo y amor, los momentos en que toda su humanidad, o lo que resta de ella, tratan desesperadamente de controlar a la bestia que susurra en sus oídos, están fácilmente entre lo más intenso, honesto y sensible que vi en el 2005.

De más está decir que Kerrigan no necesita música y que su cámara en mano e iluminación naturalista lo acercan al estilo de los hermanos Dardenne (maestros indiscutidos del realismo contemporáneo), pues en él, como en todo gran cineasta, el estilo parece ser sólo una consecuencia lógica de una serie de preocupaciones más importantes, que en este caso son simplemente retratar (lejos de todo sentimentalismo barato y cerca del más sincero humanismo) el martirio de un enfermo mental que por momentos recupera una lucidez cruel, pues sólo le sirve para darse cuenta de que se hunde cada vez más en la locura, sin que por ello pueda hacer nada (y sin que nadie quiera hacer nada tampoco) para frenar su caída.