Cache


Michael Haneke es de esos cineastas que puden darle una mirada existencial y dramatica a cualquier espacio en que interactue una persona con un objeto. Basta con una para que este austriaco pueda arreglarselas y contar uns historia con un peso epecifico aterrador. Con mas de una, Haneke es una aplanadora. En Cache –Oculto o Escondido en español- hay un festin de lo mejor del cineasta y por sobretodo una verdadera leccion de la capacidad eliptica y minimalista a la que puede llegar el cine. Esta pelicula desborda una inconmensurada eficiencia narrativa y entrega una apuesta a la complicidad con el espectador. Solo tipos como Haneke saben dar sustento a simultaneas capas – dramaticas, politicas, sociologicas y antropologicas- de un modo tan imperceptible. Las lecturas que se pueden hacer a un film de este autor son numerosas, y en Cache no es la excepcion. La pelicula es una daga clavada directamente en el corazon de la burguesia y tiene el disfraz de un film de suspenso o -incluso- de uno de terror. Una familia acomodada recibe varios videos donde aparecen grabadas la fachada de la casa o un lugar que ellos conocen. Con estos simples elementos –mas unos dibujos- Haneke consigue detectar el punto preciso donde empieza el miedo. El miedo del que esta protegido o crea un espacio para protegerse. A traves de una fria observacion, permite seguir como el temor se va arraigando en la familia y provocando leves efectos en cadena, que terminan en una de las mejores descripciones de la paranoia que he visto en muchos años. El sentido de la amenaza puede estar en todo. Y las razones para sentirse amenazado tambien. Particularmente cuando se trata de ahondar en las diferencias de clase, o en el primer mundo y el tercer mundo, y que es lo que hace a una persona pertenecer a uno u otro grupo.

El personaje de Daniel Auteuil es el de un exitoso profesional que esta bien casado, tiene un hijo, y vive una vida bastante tranquila. Viene de una familia de clase alta, y tuvo en algun momento –en su infancia- la posibilidad de que un argelino que vivia en la granja de sus padres se transformara en su hermano adoptivo. Sin embargo, esto no ocurrio debido a una mal intensionada mentira de Auteuil, del Auteuil niño. De este modo no solo se toca el tema de la crueldad de la infancia, en el sentido de la responsibilidad de los actos. Aflora tambien el gran cuco de Francia en las ultimas decadas, que es la presencia de inmigrantes, particularmente argelinos, a quienes paradojalmente masacraron hace 45 años en una reveuelta en Paris que termino con centenaraes de muertos. Aparece a todas luces el gran tema de la superimposicion cultural. Y, quizas los mas notable de la pelicula, emerge con una naturalidad asombrosa el sentido de la culpa. Muy como lo haria Jean Pierre Melville en cualquiera de sus mejores trabajos –particularmente en El Samurai- donde por regla general “todos los personajes son responsables y asumen las consecuencias”, Haneke adopta esta premisa y va mas alla y basicamente dice “aqui todos son culpables, pero hay algunos que insisten en negarlo”. Y gracias al poder de convencimiento que tienen las imagenes, amplia las perspectivas y pone al espectador en posicion de testigo, en cierto modo de juez, y por lo tanto con cierto grado de responsabilidad ante lo que pasa por sus ojos. Cada uno evalua lo que ve, y cada uno sabe con quien cierra filas. Y desde esa perspectiva, son varias las interpretaciones o los puntos de vista con que los hechos son evaluados. Y cuando uno llega a ese punto la trampa de Haneke ha funcionado absoultamente. Moralmente el espectador ha elegido un camino, en favor de una clase social u otra, entre dos o mas personajes con una moral cuestionable. Y es en ese momento donde los efectos demoledores recien empiezan.

Caché y los finales incompletos
Por Alejandro Fernandez

¿Quién mandaba los videos? Esa es la pregunta que casi todos nos hacemos cuando termina Caché. A algunos esta indeterminación les puede parecer un tanto forzada o innecesaria, pero en lo personal me parece que es la única forma de permitir que el mensaje de la cinta no se diluya en una interpretación más fácil. Al no contar con una solución clara (que es lo que casi todas las películas de suspenso hacen, excepto en los honrosos casos de cineastas como Claire Denis, Takashi Miike o Kiyoshi Kurosawa) el proceso mental de catalogar la cinta como una película de suspenso más se ve incompleto. Caché impide que cerremos la puerta y pensemos que lo que se nos quería contar era simplemente una historia de suspenso. Al no quedar claro quien era el culpable (aunque en lo personal tengo una teoría que me parece muy factible y que se basa simplemente en no creerle al personaje que a todas luces está bastante mal de la mente y que realiza finalmente un acto de violencia brutal no sólo contra él mismo sino contra el atribulado protagonista) pensamos que el “mensaje” de la película no se agota en la trama, en la solución de un puzzle de culpables e inocentes. Es un poco lo que pasa al final de A Taste of Cherry de Abbas Kiarostami, con la escena en video y el protagonista (que suponíamos estaría muerto a esa hora) fumando un cigarro en medio de la filmación de una película. Aunque en el caso de Kiarostami esta escena se debió a la casualidad (el negativo se dañó en la postproducción y volver a filmar la escena implicaba esperar varios meses a la próxima primavera), el hecho de terminar A Taste of Cherry de esa manera, en video, le da a la película un cariz distinto.

Más allá de si esta es al final una decisión que beneficia o perjudica a la cinta, este “sacarnos de la fantasía”, el cambiar el nivel de interpretación o lectura (de algo que es siempre falso a algo que de pronto tiene un nuevo nivel de realidad) impide pensar en un cuento que se acaba, en una historia que comienza y termina en la tranquilidad de la pantalla. De pronto no sabemos si el personaje que hemos seguido durante dos horas cumplió o no su deseo de suicidarse. Eso basta para que pensemos que en realidad eso no era nunca lo importante para el director, y nos obliga a buscar respuestas o interpretaciones más que soluciones a una trama. Si la película tiene la suficiente profundidad, si hay una multitud de temas tratados e ideas expuestas, si la película va mucho más allá de ser simplemente la narración de una serie de acontecimientos, este tipo de final abierto puede llegar a ser un acierto, como lo es a mi juicio en el caso de Caché, pues nos permite entrar de lleno en los temas clave que plantea Haneke (la crítica a la burguesía y la sociedad de consumo y el cuestionamiento de las formas de representación audiovisual de la realidad) sin distraernos con una trama más o menos tradicional de thriller.
Aunque parezca fácil, jugar este juego de la indeterminación es a mi juicio algo que sólo pocos pueden hacer de manera exitosa. Casos como el de Real Fiction de Kim Ki Duk demuestran que no es cosa de dejar un final abierto y jugar con los niveles de realidad de una cinta para hacer algo interesante. Peor es el caso de aquellas películas que no se explican o entienden por sencilla impericia o ingenuidad del director y que no entregan ningún otro lugar del que agarrarse o las que pese a estar perfectamente explicadas se prestan (porque no podemos creer que se trate de algo tan banal y sencillo) a segundas lecturas en las que al supuesto “juego irónico y auto-consciente” con las reglas de un género se le atribuye un gran valor artístico (y aquí debo hacer notar mis suspicacias respecto del cine de David Cronenberg a partir de Spider).
Aunque creo que Cache sí entrega las claves de la solución del enigma, la decisión de dejar el final abierto me parece un camino arriesgado pero que en este caso se justifica plenamente y se transforma en una muestra más de la valía de Haneke y un testimonio de su coraje artístico y su rigor intelectual.