Man Push Cart

Man Push Cart

Nueva York debe ser una de las ciudades más vistas en el cine. Sus calles y sus personajes (esa fauna urbana y por lo general extravagante) ya han pasado a formar parte del inconsciente colectivo cinematográfico. Sin embargo, muy pocas películas han logrado capturar algo más que la superficie postal de una ciudad que se supone nunca duerme y es una cornucopia de oportunidades, y han mostrado el otro lado, ese que tiene mucho de bestia, de monstruo escurridizo y apático que devora silenciosamente y sin ceremonia, de a poco pero sin pausas, a quienes no logran domarlo o hacerse un sitio en sus espaldas. Son innumerables las cintas de quienes llegan a Nueva York con una maleta y la cabeza llena de conejitos y al cabo de algunos porrazos, tropezones y partidas en falso, consiguen su pedazo del sueño americano, por las buenas o por las malas, solos o ayudados por algún simpático Sancho, se hacen de su lugar en el mundo, toman un café caliente una mañana de otoño mirando la silueta de la ciudad aún dormida y por lo mismo domada, dócil.

Existe la tentación de pensar que cualquiera que llega a Nueva York y logra sobrevivir (aunque sea de la forma más precaria posible) es de inmediato una especie de superviviente y por lo mismo un superhombre. Tal vez esa fascinación con la idea de vivir en Nueva York explique porqué se hace tan difícil pensar en seres de carne y hueso habitando a los pies de los rascacielos, imaginar vidas cotidianas, rutinas somnolientas, trabajos mediocres, problemas sencillos, cuentas de la luz y compras de supermercado.

Man Push Cart es la historia de Ahmad (Ahmad Razvi), una ex estrella de la música popular pakistaní que se vino a América con su mujer y su hijo y que se encontró al cabo del tiempo sin mujer (muerta hace un año), sin hijo (no tiene dinero para mantenerlo y vive con sus abuelos) y cargando un carrito de café y vendiendo todo el día té y donas en una esquina de Manhattan.

En medio de su rutina conoce a Noemí (Leticia Dolera) una española que cuida un kiosko de diarios y a Mohammad (Charles Daniel Sandoval), un compatriota con mejor suerte y muchísimo más dinero, quien lo reconoce como la ex estrella de rock y que no pierde ocasión de marcar territorio y demostrar su superioridad social.

Ahmad es uno de los millones de inmigrantes que habitan la ciudad, un personaje sin glamour y casi sin gracia, con deudas y problemas, con miedo a perder su trabajo y con ganas de ver a su hijo, que a falta de algo mejor se conforma con la rutina de empujar el carrito de madrugada y vivir entre cuatro paredes de metal y plástico por casi todo el día antes de partir a un departamento minúsculo en un sucio rincón del Bronx.

Pero más allá de la historia, la de un perdedor golpeado por la vida y al que aunque sea un poco se le abren las puertas del amor o el éxito, tema que bien se podría pensarse es sólo otro lugar común, es la mirada lo que diferencia a Man Push Cart del universo de películas sobre Nueva York y la coloca varios peldaños por encima de la media. Man Push Cart mira a ras de suelo, a la misma altura de los personajes, sin perder la vista ni un momento de su personaje central y con la misma sensibilidad con la que muchos maestros asiáticos, iraníes o europeos como los Dardenne han mirado a sus personajes rurales, tercermundistas o marginados.

Su director es Ramin Bahrani, un joven de Carolina del Norte nacido de padres iraníes y quien filmara su primera película (Strangers) en Irán, hace seis años. Cuando presentó su cinta en Nueva York por estos días en el festival ND/NF que organizan el Lincoln Center y el Moma, dijo que muchas veces estuvo en esa misma sala viendo películas de sus directores favoritos: Kiarostami, Olmi, Wiseman. Este cuidado y sensibilidad se nota y el resultado es una película construida sobre la base de detalles, de momentos de observación pura y sensible.

Man Push Cart tiene una serie de pequeños elementos narrativos brillantes, como la rutina de recoger el carro en el depósito y arrastrarlo hasta la esquina designada, la venta de películas pornos pirateadas con que Ahmad trata de ganar unos pesos extras, el cuidado de un gato recién nacido, un viaje a la mansión que Mohammad tiene en las afueras de la ciudad.

A veces la trama (el sub-plot amoroso por momentos suena falso y forzado) y algunas decisiones formales (una música demasiado sentimental y un flash-back burdo e innecesario) amenazan peligrosamente el resultado final, pero Bahrani logra mantener todo a flote gracias a la honestidad de su mirada y a un final perfecto, que siembra la pregunta justa en la mente del espectador y que cierra de manera triste pero casi dulce esta historia de una persona normal en una ciudad que pese a sus rascacielos y a la imagen que de ella existe en el mundo, es sólo un sitio más donde vivir.

por afa