Old Joy

Por años pensé que el cine americano estaba muerto. Entre la basura que Hollywood saca semana a semana por la puerta delantera y el cine “Indie” que muchas de sus mismas compañías sacan por la trasera, yo pensaba que todo estaba perdido. Cada vez que veía una película americana me preparaba para lo peor. Si era una cinta de Hollywood estaba listo para los efectos especiales, el golpe bajo emocional, la comedia sin gracia y la música empalagosa; y si era una “Indie” me alistaba para un viaje por el iPod del director, los diálogos ingeniosos, los mismos o peores golpes bajos y el sempiterno narrador que comenzaba “este soy yo, me llamo tanto, tengo tantos años y vivo en tal pueblo de mierda del medio oeste…”. Y así, fin de semana tras fin de semana.

Sin embargo, hace algún tiempo que noto (en verdad tengo la impresión de que tal vez sea algo mucho más antiguo y que sea yo quien no lo quería ver) que las cosas están comenzando a cambiar. Con sorpresa y agrado he notado que algunas películas americanas se asemejan al cine que me apasiona, el que hasta ahora pensaba que sólo se encontraba en Taiwán, Corea, Japón, Irán, Argentina, en los márgenes del cine francés, en Bela Tarr.

En esta misma página hemos hablado ya de Bujalski, de Kerrigan y de Sachs, de una modesta pero sensible película iraní-neoyorquina de Ramin Bahrani. Old Joy, segundo largometraje de Kelly Reichardt es de esa misma camada de cintas, películas verdaderamente frescas que se colocan en los márgenes de la industria americana, fuera de Hollywood y muy lejos de los “Indies”. Todas estas cintas representan un cine riguroso e intenso pero al mismo tiempo modesto, humilde, sin esa carga insoportable de soberbia y delirios de grandeza que caracteriza el cine de los Soderbergh, los Tarantino, los Aronofsky, los Kevin Smith, cuatro tipos que con su cine han marcado los límites de lo que se entiende por “independiente” y que con su ejemplo de triunfo pese a la adversidad han condicionado y castrado a toda una generación de cineastas americanos.

Old Joy es una película sencilla en extremo, poco pretenciosa en su forma y su cadencia, pero intensamente sensible y profunda, posible de ser interpretada de varias maneras, interpretaciones que además (y como sucede en cada obra coherente y vital) se conectan unas con otras, potenciándose. La historia es la de un viaje a unas termas que emprenden dos viejos amigos. Los dos viven en el norte de California, un lugar donde siguen encendidas las brasas del sueño hippie. Ambos tienen ya más de 30 años y pese a la amistad, al cariño, a su pasado en común, sus vidas caminan sin remedio hacia lugares distintos. Mark (Daniel London) está casado y su esposa espera su primer hijo, tiene un trabajo estable y lo inquietan un sinfín de cuestiones cotidianas. Kurt (Will Oldham), en cambio, sigue viviendo en una especie de eterna juventud, en la irresponsabilidad total. Tras manejar algunas horas hacia las montañas, Kurt admite que en realidad no sabe muy bien donde quedan las termas y tras pasearse de un lado a otro por las carreteras solitarias, los amigos deben pasar la noche en el campo, algo que no le hace mucha gracia a Mark, que esperaba regresar pronto a su casa y a su esposa. Tras una noche de cervezas y fogata, los amigos desayunan en un café de carretera y más tarde encuentran sin problemas las termas, toman un baño y se regresan a casa. Eso es todo.

Pero describir así Old Joy, en términos de historia, es hablar de muy poco de ella, porque lo que importa es lo que está detrás de esta superficie de simplicidad y naturalismo extremo. Por un lado la película tiene una serie de alusiones políticas (todo el tiempo los amigos escuchan programas de conversación de la radio Air America, bastión anti-Bush en los medios estadounidenses), que hacen pensar en una más que posible interpretación social y generacional del dilema personal de los personajes. También Kelly Reichardt deja algunas puertas abiertas en materia de ambigüedad sexual, al punto que incluso podría pensarse en que en alguna elipsis ocurre algo inesperado entre ambos. Pero más que estas interpretaciones posibles, lo que más me interesa y emociona es el retrato fino de la amistad, de una amistad que se extingue pese al esfuerzo que ambos personajes colocan por salvarla. Como si se tratase del movimiento de dos placas tectónicas cuyo cambio no se aprecia sino hasta el momento en que ocurre un terremoto, los dos personajes han ido cambiando con el paso de los años hasta llegar a un punto en el que esta claro que la fractura es muy grande como para volver a soldarse. Reichardt trata este momento con una sutileza sobrecogedora, sin tocar ni una nota en falso, sin caer en ningún tipo de repetición ni majadería, sin cargar la mano, con un cuidado que hace recordar la maestría de Bujalski para retratar los mismos personajes, las mismas amistades, aunque Reichardt lo hace diez años después, en el momento en que ya han desaparecido la camaradería estudiantil, la vida en común, las fiestas, la libertad, la juventud. Tampoco hay terremoto, sino tal vez sólo su inminencia, y sólo en un momento en medio de la borrachera Kurt deja ver algo de lo que pasa en su interior y le reprocha a su amigo con tristeza que ya no sean tan cercanos como lo fueron, pero casi de inmediato se retracta, le resta importancia al reproche y le hecha la culpa al alcohol y ambos siguen hablando de nimiedades, tratando de encontrar el terreno común que tenían hace años pero que ahora se ha movido, al punto que al levantar la vista ambos se reconocen como seres distintos cuya amistad probablemente nunca volverá a ser lo que era.

Old Joy es una película para ver con cuidado y con paciencia, que cobra distintos sentidos en la medida que pasa el tiempo, y que al cabo de pocos días ya he comenzado a recordar con cariño, como un viaje que se hace con un viejo amigo, un viaje en que se pasa bien, es cierto, pero durante el cual a veces se desea estar de regreso en casa.