Apuntes sobre el NYFF


Tengo la impresión que este año el NYFF consiguió una sólida selección. La vara se puso bien alta y se han mostrado películas que alcanzan – muy bien o con algunos reparos- niveles de puesta en escena y de coherencia narrativa que raramente se ve en cartelera o en una sola muestra. Es tradición de este festival incluir acertadamente mucho de lo bueno que ha aparecido o aparecerá en el año en diferentes festivales internacionales, dándole espacios a filmes lúcidos en extremo -que directamente desafían el modo en que entendemos el cine- o bien que depuran el oficio de un cine más clásico. En ocasiones anteriores me había ocurrido que con paciencia debía esperar la aparición de un “La muerte del señor Lazarescu”, un “Syndromes and a Century”, una “Rosetta”, una “La Libertad”, películas que en mi opinion brillaban a años luz del resto. Esta vez creo que la partida de ajedrez fue distinta, no hay una disparidad tal sino que una serie de pequeñas películas que tienen sólidas bases, películas –muchas de ellas con un tono muy realista- que denotan madurez, contención y rigurosidad a la hora de contar lo que quieren contar. Quizás dentro de ese grupo la gran diferencia entre unas y otras es, finalmente, el grado de sustancia y complejidad que alcanzan, la capacidad para presentar, a través de la historia, comportamientos humanos o temáticas, que sin los filmes, no habrían salido a la discusión.

Entre las mejores sin duda están “Wendy and Lucy”, “The Class” o “La mujer sin cabeza”. Pero también hay varias otras películas que con más disparidades, sorprenden de todos modos por la frescura de sus planteamientos formales, por su magnífico sentido de la economía narrativa. Ahí aparece “Gomorra”, “Tony Manero” o incluso “The Wrestler” (sí, es Aronofski , no me cambiaron al director, y tengo que admitir que le quedó muy bien, que hay pasajes -especialmente cuando filma el Nueva Jersey profundo- que están notablemente ejecutados; ahora como película es imperfecta, tiene varios momentos donde abunda las obviedades o donde se contradice el realismo que plantea; pero está bien, eso no merma valorar otros momentos donde el cine, el sentido de la realización cinematográfica operan de manera sobresaliente). Estamos hablando que hace 4 años encontrar un cine así, en tanta cantidad y calidad en un año, era casi imposible. En un almuerzo alguien me comentaba lo curioso que es la ausencia de los hermanos Dardenne en la selección, cuando varios de los filmes que participan tienen un elemento estructural, un ADN, que viene directamente de estos tremendos cineastas belgas.

Hasta ahora, aunque aún me quedan un par de películas más por ver, me parece que la que más he disfrutado es “Wendy and Lucy”, de Kelly Reichardt. Es una verdadero ejemplo de puesta en escena y de minimalismo. Todo transcurre en un par de días. Una joven, Wendy, está de paso por una localidad de Oregon, en un viaje que la llevará a Alaska, en donde espera cambiar de ambiente y encontrar trabajo. Sin mucho dinero y algo agotada, Wendy maneja su auto acompañada por su perra, Lucy. Un día Wendy trata de robar una lata de comida para su mascota, pero es sorprendida por un empleado del supermercado, por lo que es obligada a ir a la policía para pagar una multa. Mientras esto ocurre, Wendy tiene que dejar a Lucy encadenada frente al supermercado. Cuando Wendy regresa de la comisaría se encuentra con que Lucy ha desparecido. De ahí en adelante nos dedicamos a ver los intentos de Wendy por encontrar a Lucy.

Esta simple premisa, sumada a una austera mirada que casi siempre está siguiendo a su protagonista, abre muchas ventanas para entregar un magistral retrato de la vida estadounidense de aquellos que viven con lo justo y lo necesario, de aquellos que no están participando de la fiesta del sueño americano, de aquellos que no triunfan en los negocios, que no aparecen en American Idol, que no están dentro de la llamada carretera que conduce al éxito, de aquellos que se encuentran desarraigados o desplazados, emocionalmente, en su propio hogar. Una temática que siempre ha estado flotando en el ambiente, invisible, pero que ahora , con todos los problemas financieros y recesiones que se vienen por delante, adquiere una dimensión especial. De hecho el filme de algún modo recuerda, en un tono moderno, a muchas de esas personas que durante la Gran Depresión viajaban en tren de un lado a otro en busca de mejor fortuna.

De Wendy no sabemos mucho. Con pequeños esbosos entendemos que está alrededor de los veinticinco o treinta años, que es una mujer normal, que viaja con poco dinero, que está desempleada, y que tiene una relación lejana con su familia. Cuando parte la película parece que Wendy perteneciera a otro tiempo, que estuviéramos, por ejemplo, a fines de los noventas. Es al cabo de un rato que nos damos cuenta que vive en el presente. Este sutil anacronismo, esta ausencia o distancia de Wendy respecto al mundo, es un vector que constantemente choca con la vida más segura y cómoda que los otros proyectan. Esa es probablemente la principal tensión del filme, esas dos realidades que conviven muy de cerca, y que de vez en cuando colisionan.

Mientras Wendy busca a Lucy, sabemos que el filme sólo se encargará de revelarnos lo que está sucediendo en ese momento. Quizás, y en ocasiones contadas con la mano – gracias a pequeños y vagos detalles- se puede elucubrar sobre quién es Wendy. Se puede fabular o llegar a creer que hubo en su pasado reciente un acto de rebeldía, un quiebre emocional, una escapada de algo, una enfermedad. Pero son sólo ideas. Jamás vamos a tener la seguridad de que sea así, porque esa información no existe. A Reichardt le importa que nos fijemos en Wendy y sus personajes secundarios, que pongamos oido en las pequeñas conversaciones entre ellos, o en los silencios, porque finalmente es ahí donde afloran las verdades.