El gran Jean-Pierre Melville


Jean-Pierre Melville es un cineasta cuyo trabajo se pude explorar constantemente, de modo que se van desenredando pequeños aspectos de su puesta en escena y la moral que subyace en ella. Desde que prácticamente buena parte de su filmografía está disponible en DVD, es imposible no ver varias veces “Le Samouraï” o “L´Armée des ombres”. “Le Deuxième soufflé” era un filme suyo que tenía pendiente, y que hace poco pude finalmente revisar. Es una película que quizás no es tan completa o abarcadora como los trabajos que recién mencioné, pero que mantiene esa mirada melvilleana de extender los límites de las historias clásicas de policías, de detectives, de ladrones o del hampa. No hay nadie que haya llevado ese género a los niveles tan únicos que Melville depuró. En la década de los cincuentas y sesentas, eso sí, se hicieron en Francia varios filmes que contribuyeron a ampliar esas posibilidades. En esa lista están sin duda alguna las formidables “Touche pas aus grisbi”, “Casque D´or” (ambas del gran Jacques Becker, qué buena película es además “Le Trou”!) y “Classe tous risques” (de otro monstruo, Claude Sautet). Melville aportó además “Les Doulos” y, por supuesto “Bob Le Flambeur”. Mi favorita es “Le Samouraï”. “Le Deuxième soufflé”, la película que le precedió, tiene un excesivo apego y acercamiento a la trama convencional, una historia sobre un hombre que habiendo escapado de la cárcel decide dar un gran golpe antes de retirarse, aunque se encuentra en el camino con un meticuloso detective. En el filme importan demasiado las vueltas de tuerca y sorpresas, algo que no se balancea con lo que realmente se trata la película: la ambivalencia moral de aquellos que están en uno u otro lado de la ley. Además hay múltiples personajes importantes en la historia, que a veces distraen de lo que le sucede al protagonista (un siempre carismático Lino Ventura).




En “Le Samouraï”, al contrario, Melville casi todo el tiempo sigue u observa al solitario personaje de Alain Delon, de manera metódica. Su rutina, sus movimientos, sus pasos. Este punto de vista, casi contemplativo, sumado a una historia sobre un asesinato por encargo y una traición, le dan una dimensión valórica extra, incluso existencialista al relato. Estamos además presenciando una película de acción, donde sabemos que hay violencia y muertes de por medio, pero esos otros atributos tienen un peso que se siente en el aire. ¿Cómo no quedar seducidos por esa secuencia donde Delon conduce el auto al garage –una acción absolutamente inofensiva e irrelevante- o esa interminable y laberíntica persecusión en el Metro? Algunos pasajes de “Le Deuxième soufflé” alcanzan esos momentos melvilleanos cuando vemos al personaje de Ventura subirse y bajarse de los autobuses, para llegar a Marsella, donde tiene que esconderse hasta que perpetre un asalto y cambie de vida (se supone que en este género aunque se quiera cambiar de vida, finalmente nunca se puede). También ocurre en una larga y magnífica secuencia donde se realiza una emboscada en una ruta costera, que concluye en un sanguinario robo. Todo el preámbulo de preparación de sentarse a esperar, de mirar la carretera vacía y serpenteante, va unido a un articulado retrato del actuar de cada uno de los asaltantes durante el atraco. Melville emerge rampante en esas secuencias. También se luce de otro modo – y eso ya tiene que ver con su conocimiento del género y su capacidades formales como cineasta- de mantener una imagen estilizada, con personajes en su mayoría sofisticados y entregar a la vez un abanico de comportamientos que parecen ser el fiel reflejo de una realidad. Aunque el cineasta siempre se encarga de recordarnos que se trata de una película.