En su estado puro

Un gran amigo, fanático de los deportes, me comenta sobre la filmación de un documental sobre un basquetbolista, que hicieron en el mismo estilo del filme de Zidane. Es decir, con muchas cámaras, para capturar todos sus movimientos durante un juego. Vi hace bastante tiempo “Zidane, a 21st Century Portrait” y lo que más recuerdo de él fue la determinación de los directores –Douglas Gordon y Philippe Parreno- por encontrar imágenes que reflejaran aspectos esenciales del fútbol. Habían buenas intenciones y pasajes sobresalientes, o reveladores, pero su factura final lo dejaba como un trabajo incompleto.

Hay muchos pequeños momentos que han quedado clavados en mi memoria que tienen que ver con los deportes y ese tipo de imágenes, “puras”. Imágenes como la del italiano Marco Tardelli anotando el segundo tanto en la final del Mundial de España 82, un gol que terminó por sepultar todas las esperanzas de los alemanes en esa histórica jornada en el Bernabeu. Esa imagen televisada, con un primerísimo primer plano del número 14 de la Squadra Azurra celebrando, exhausto, entre la agonía y el éxtasis, me dejó helado. No creo que en ese entonces el camarógrafo o el director de televisión estuviese consciente que esa imagen iba a provocar tantas emociones en un chico de 7 años. Tampoco yo probablemente tenía tan clara la diferencia entre un partido transmitido en vivo, un documental o un noticiero. En realidad, sólo sabía que no era lo mismo estar en el estadio, sentado en las gradas, vivir el ambiente, oir a la muchedumbre murmurar, que ver un juego a través de la televisón o en la pantalla grande.

Recuerdo que, años después, el cine me llevó al cineasta alemán Werner Herzog y, curiosamente, a una de sus primeras películas. Uno de sus más notables trabajos, en mi opinión. “The Great Ecstasy of Woodcarver Steiner” registra con una soltura y precisión brillante los saltos en esquí del gran deportista suizo Walter Steiner, un superdotado a la hora de la técnica. No recuerdo otro momento más hipnótico y apabullante que las largas tomas del estoico Steiner, en cámara lenta, desplazándose por el aire, como un pájaro suspendido que avanza raudo y en paz, en su caida libre. Un instante bello y profundo a la vez. Nadie, a pesar de la avanzada tecnolgía de hoy – que permite poner la cámara en cualquier ángulo o reinventar hasta lo más inverosímil- ha superado un momento tan glorioso, real y humano como ese, filmado hace más de 30 años.

Así como en el cine de ficción contemporáneo han habido desarrollos sustanciales a través del trabajo de unos cuantos cineastas curiosos, creo que en el mundo del documental deportivo hay recientemente un creciente apetito por ir a cierta escencia de las cosas – muy en el espíritu de “The Great Ecstasy of Woodcarver Steiner” – por encontrar un mínimo común denominador en las acciones de sus héroes deportistas. Dejando de lado el efectismo que marca la norma para este tipo de documentales, unos cuantos realizadores se han arriesgado a reflejar –con simpleza- una de las aristas más puras o únicas del deporte, que es el talento físico –ineviteblemente unido a los buenos deportistas- confrontado a las imperfecciones humanas o cierta vulnerabilidad.

Cuando funciona, el documental de Zidane no es sólo un largo y contemplativo retrato –en tiempo real- de un eximio futbolista, es también una descripción de un hombre enfrentado en la cancha a sus demonios, a su temperamento difícil. Algo así -con resultados más disparejos y una puesta en escena que a veces descuida los detalles- también ha sido expuesto en algunos documentales como “Riding Giants” o “Step into the Liquid”, donde el relato no se contenta con simplemente contar un par de anécdotas del surfista de turno. En estos casos se trata de reflejar desde lejos y con paciencia la actitud frente a un acto temerario, que puede tornarse en un desastre, o bien, en la ola perfecta. Sus protagonistas son seres que encuentran en el agua un momento para sí, que raramente hallarían en otro lugar, y por el que no están dispuestos a hacer concesiones. Lo que más importa en esta mirada es colocar al deportista en su lugar, en su espacio y verlo actuar, sin intermediarios.


Cuando Herzog graba a Steiner, el atleta parece ser un tipo que aprecia la cautela, pero en realidad en varias instancias tiende a ser obstinado y se aferra a su pasión por volar, pese a ciertas condiciones adversas. Sin embargo, eso sólo se advierte por los pasajes en que lo vemos desenvolverse, sin intervención de alguién más que nos explique mayores cosas sobre él. Como los ochenta y tantos minutos en que vemos a jugar a Zidane en silencio, y súbitamente es expulsado del juego. O tal cual como la imagen de la cara de Tardelli, retenida en mi mente, donde veo su cansancio, su alegría y su satisfacción, sin necesidad de que alguien me haya dicho qué es lo que estaba haciendo antes del partido, o bien su pasado. La mayoría de los documentales optan por hacer una extensa entrevista, buscar testimonios, para escribir una biografia o reconstruir un momento. Eso es camino conocido, o simplemente otro territorio. En el de los documentales como el de Steiner se trata de observar cómo un atleta se desafía a sí mismo, se supera o simplemente cae de bruses en sus dominios. Sobre cómo, finalmente, vive o muere en su propia ley.