Los dardos de Jacques Nolot


Estando a principios del 2008 en un tradicional ciclo de cine francés que se realiza en la ciudad, me encontré sin previo aviso con “Avant que j’oublie” (“Before I Forget”) de Jacques Nolot. En ese momento sólo me acordaba que era un actor al que había visto en unas cuantas películas, y no lo había relacionado con su trabajo como guionista en otros filmes que vi en el pasado (tampoco sabía que esta película era parte de una trilogía que había dirigido). Sin saber nada de la trama, ni de la vida de Nolot, empecé a ver el filme, y me encontré con un prolijo trabajo que tenía un aura muy personal, honesta y también extremadamente áspera. Mi principal pregunta al principio de la proyección era si lo que estaba viendo era autobiográfico o ficcionado. Habían muchos componentes realistas y el hecho de que Nolot fuera Pierre – el protagonista- hacía aún más difícil esclarecer desde dónde se estaba armando el filme. Ya ha pasado el tiempo, y el filme lo volví a revisar cuando se estrenó a mediados de año, porque tenía que escribir una reseña sobre él. Sin embargo, me parece que es importante recordar ese primer acercamiento a esta película, porque sin duda alguna es donde se pueden encontrar muchas de sus virtudes. Se trata de una película elíptica, que no da explicaciones, que nos coloca en medio de situaciones que ya están pasando, y que nos obliga a acostumbrarnos a la moral de un personaje que desconocemos, y que recién empezamos a comprender – o incluso a querer- cuando la pantalla se va a negro. A esas alturas poco importa si estamos en presencia de una autobiografía, aunque aparentemente el propio director dice que es un trabajo del que sacó muchas cosas de su vida personal.

“Avant que j’oublie” es la historia de un homosexual de sesenta años que está devastado por una serie de acontecimientos de salud y pérdidas personales. Tiene SIDA hace años y ahora le toca la parte más brutal del tratamiento (muchos dañinos efectos colaterales que no le van a permitir tener una vida normal). Además muchos de sus amigos o amantes empiezan a enfermarse o a morir, por lo que se encuentra en un período de mucha soledad, antidepresivos y nostalgia. Más o menos esos son los márgenes en que se mueve la película. La descripción suena como un filme que va por el lado del exhibicionismo, el efectismo, de los golpes bajos, la crueldad y las situaciones extremas fáciles, pero en realidad mucho de eso no tiene, y cuando lo es, está más orientado a entregar un sobrio retrato de un hombre que envejece o cuya decrepitud o muerte es inminente.

Desde ese punto de vista no estamos ante el efecto shock de Gaspar Noe, ni al imaginario babilónico, decadente y desproporcionado –a ratos muy desproporcionado- de Brillante Mendoza. Recuerda más a Jacques Rivette, cuando su estilo se adentra en retratos de largo aliento, donde las cosas se van cocinando lentamente, o al último Manoel de Olveira, cuando registra las conversaciones, en los bares o en los cafés. Muchas de esas charlas me recordaron al cineasta portugués no por la decadencia de los temas, sino por la necesidad imperiosa de reflejar un instante que quizás dice mucho de toda la vida de sus personajes, personas mayores, que han vivido lo que les ha tocado vivir.

Pierre es un escritor que lleva una vida pequeño burguesa, que aparentemente ha tenido momentos más prósperos, y cuya rutina gira en torno a una que otra triste y sórdida aventura sexual, a su psiquiatra y sus amigos – viejos caciques, casi todos gigolós de su misma edad- con los que pasa horas conversando si el amante les dejó una herencia o un seguro de vida o cómo transcurren los días ahora que la líbido ha disminuído.

Gran parte de las casi dos horas del filme son charlas, en las casas de sus amigos, en restaurantes. Momentos que son vanales, pero que al cabo de unos minutos revelan elementos del pasado reciente o de su juventud. Nolot elige un camino bastante directo y no opone ningún obstáculo para que sus personajes digan lo que sienten, expresen sus intimidades y sus intereses. En ese sentido una de las primeras cosas que llaman la atención es la franqueza, el realismo y conocimiento del mundo que está hablando. Los personajes pueden llegar a expresar grandes afectos y a la vez pueden ser unas alimañas de alto calibre, extremadamente grotescas. Sin embargo se trata de una sordidez que tiene los pies en la tierra, que puede estar ocurriendo, por decirlo así, al lado, en la casa del vecino.

“La chatte à deux tetes” (“Porn Theatre”) su filme anterior –que describe a los personajes que pululan en un teatro de cine porno- sigue una línea similar, aunque es más teatral. Esta decisión no la hace menos efectiva, ni menos aguda o menos sórdida. Este trabajo podría ser algo así como la versión hardcore de “Good Bye Dragon Inn” de Tsa Ming Liang, o la versión elegante y contenida de “Servis”, de Mendoza. Al igual que “Avant que j’oublie” en la fauna de “La chatte à deux tetes” aflora la misma coherencia y medida entre los excesos y las conversaciones sobre el pasado, sobre los recuerdos, o lo que queda de ellos.

El universo de Nolot está repleto de cicatrices, de las marcas de los costalazos de la vida, donde escasamente se muestran los momentos en que ocurrieron las heridas. Cuando uno ve a sus personajes, es imposible disociarlos de lo que fueron, y ese pasado, es el que vamos recopilando vagamente. Un efecto similar que me recordó a las estatuas y momumentos de “Profit Motive and the Whispering Wind”, de John Gianvito, que son testimonio de algún acto de la humanidad, cuyos miembros están inevitablemente condenados a desaparacer.