“Treeless Mountain” y So Yong Kim

El mejor trabajo que ví en el ND/NF es “Treeless Mountain”, de la coreano-estadounidense So Yong Kim. Desde el primer cuadro del filme la directora revela una madurez narrativa que la coloca desde ya en el grupo de los nuevos cineastas contemporáneos que emergen con algo que decir y, más importante, una mirada. En realidad, puede prestarse para un equívoco colocarla dentro de la etiqueta de “nuevos cineastas” –que técnicamente le corresponde a alguien que ha hecho un par de películas- porque su cine pareciera el de alguien que ha acumulado mucha experiencia a la hora de decidir su puesta en escena y dirigir a sus actores.

Con anterioridad nos habíamos deslumbrado con su primera cinta, “In Between Days”, la historia de dos amigos estudiantes que deambulaban por las calles de Toronto. Esa película era un retrato de los actos fallidos e incompletos que formaban parte de la vida de sus adolescentes protagonistas, de lo efímero de muchas de las emociones que rondaban sus cabezas, de la complejidad y crueldad del modo en que expresaban sus afectos. De esta etapa de transición y cambios profundos, la cineasta ahora pasa a la descripción de un estado previo y se coloca a observar la niñez. También se cambia de país, y vuelve a su tierra natal, Corea del Sur.

“Treeless Mountain” parte como un melodrama infantil, sin embargo, esta receta –que fácilmente se puede prestar para actos de dudosa sensiblería – rápidamente se torna en un trabajo que se despoja de las obviedades del género y abraza con mucha libertad otros caminos, de modo que hay un punto en el que prácticamente nos olvidamos casi por completo de la premisa.

Dos hermanas, una de 6 y la otra de 3, aproximadamente, se enfrentan un día al anuncio de su madre de que debe partir en busca de su padre, del que vagamente se entiende que las abandonó. En el intertanto se tendrán que quedar al cuidado de su tía. La madre les promete regresar pronto, pero esa vuelta se empieza lentamente a alargar. La trama como tal se esboza en los primeros minutos. También queda claro que para So Yong Kim no es tan importante ahondar en tantos giros dramáticos, sino que observar, a fuego lento, el comportamiento de sus pequeñas protagonistas. Y este acercamiento es afectuoso, incluso divertido, pese a las hostilidades que constantemente rodean a sus personajes. Por afectuoso no me refiero a esa eterna representación cinematográfica de la vida infantil, que constantemente nos recuerda que estamos presenciando algo tierno. Me acordé mucho de “El Pequeño Fugitivo”, de Morris Engel, no sólo por el realismo, sino en el sentido de armar la historia desde su pequeño protagonista, y estar atento a los genuinos momentos que son parte de su mundo, como la astucia, el instinto de sobrevivencia y la rapidez con que opera el aprendizaje.

El trabajo de realización, como en todos los buenos filmes, está planteado de tal modo que es muy difícil disociar el aspecto formal con el lado más emocional. Utilizando grandes elipsis de tiempo, sin entregar mucha información sobre las cosas que suceden al rededor de los personajes y – afortunadamente- sin sobreexplicaciones, se va elaborando un espacio que permite ir entendiendo los distintos efectos de la ausencia.