Regrese Sr. Erice

Habiendo una exceso de películas malas y de cineastas sin mucho talento o rigor, me duele, o me molesta, que un director como Víctor Erice, no esté haciendo más películas. Sí, ya lo se, cuando uno conversa con gente familiar con el trabajo de este cineasta aparecen varias razones sobre su ausencia, algunas más o menos convincentes que las otras. En realidad pueden haber muchas justificaciones adicionales, pero eso no es el punto. El punto está en que me gustaría poder ver más personas y cosas filmadas por él.

Por casualidad veía el otro día “El sol del membrillo” y no he podido quitarme de encima las imágenes del pintor capturando la naturaleza, las imágenes de la ciudad, del cambio de una estación a otra, del transcurso del tiempo. Creo que este documental es capaz de sobrecoger por que se toma lo que sea necesario para registrar a quienes tiene que registrar, sin apuros se vincula de manera muy afectuosa o cordial, casi familiar, con su protagonista o quienes le rodean, y adopta la simpleza – de puesta en escena- como bandera de lucha. Una simpleza externa que me imagino deben de haber sido horas y horas de filmación, de cosas no planeadas, de paciencia, de invación de un espacio o de la vida de los personajes que habitan la película. Algo que quizás no se condice, finalmente, con la espontaneidad, la soltura, la coherencia natural que respira el filme, una vez que fue terminado. Erice es brillante en ese sentido, y hace ver el proceso de estar ahí, presente, de ser testigo de algo -pero con una cámara- más sencillo que fumarse un Marlboro, cuando no lo es en absoluto. Tal como el cineasta le dedica tres cuartos del filme al meticuloso proceso de hacer un cuadro -una experiencia llena de técnicas- su proceso de hacer la película es igual de exigente que el cuadro mismo, porque estamos hablando de un registro. De eso se encarga de hablar la película casi como declaración de principios, cuando ya está en sus últimos minutos. Todo eso me asombra como oficio, como método de trabajo, como reflexión sobre el cine.



Pero, por sobre todas estas asociaciones, lo que más me importa o me llega al corazón, es el resultado, es la película en sí misma, lo disfrutable que es, las escenas que están ahí, para siempre – o por un buen rato- sobre un pintor en su ambiente de trabajo, en su estudio, al aire libre, haciendo una pintura sobre un membrillo, que en ciertas horas y bajo ciertas circunstancias, recibe una luz muy especial. El filme es eso. En este contexto se mueve constantemente. Aunque esto no obsta que Erice nos lleve de la mano – casi sin abandonar el patio de la casa- por temas tan amplios como la modernidad, la presencia de la ciudad y su transformación, o incluso la amistad. En medio de un ambiente extremadamente grato que es este jardín-estudio-refugio, ubicado dentro de una casona en el corazón de Madrid, lentamente se escucha la presencia de la ciudad, el pasar de los autos, muy pausadamente vemos que ciertas cosas al rededor están cambiando o adquiriendo su propia impronta. Así mismo, con esa entera tranquilidad que impregna la película, llega al estudio un amigo del pintor, con el que se producen varias de las conversaciones más hermosas que he visto en la historia del cine. Dos amigos que charlan sobre los años de la universidad, sobre ciertas influencias artísticas, sobre el trabajo. En fin, es un trabajo prolijo e iluminador, que me gustaría que tuviera muchas partes, que avanzara capturando diariamente otros parajes, otros oficios, otras estaciones, en esa misma cadencia, y con ese mismo espíritu.