Cannes x 2 1/2

Finalmente unos minutos para sentarme y escribir!

Largos días el jueves, el viernes y parte del sábado. Una maratón de cine. Me ha pasado que la gran mayoría de las películas que he visto no han estado a la altura de las expectativas. Puede ser una mala racha y que el asunto mejore, pero por ahora no ha habido nada muy sorprendente.

Partamos por lo más interesante . La de Pedro Costa, “Ne change rien” -que se está dando en la Quincena- es una experiencia para tirar a las cuerdas a cualquiera. Es un filme difícil que exige colocarse en un tono que se va desarrollando lentamente, que incluso me tenía contrariado al principio por la monocorde y asfixicante manera de presentar a la actriz y cantante Jeanne Balibar durante unos ensayos musicales. Pero aunque Balibar está en prácticamente todos los planos (largas, largas tomas) la película de Costa es en el fondo una experiencia sobre la música, sobre el proceso de hacer -o construir- música. Sin parecerse mucho formalmente a la peli que hizo sobre los Straub, sí se emparenta por el registro del oficio, de la descripción de pequeños detalles que explicaron el modo en que se hace cine y ahora, en este caso particular, la música o la canción. Cuidados y pacientes cuadros en la sala de ensayo, de grabación, en el escenario que construyen un mundo que es, a fin de cuentas, bastante coherente con lo que plantea. Creo que a ratos se extendió más de la cuenta, y se puso algo reiterativo, pero en las sumas y restas, y con todo lo que exige Costa de uno como espectador, es un filme que se sumerge en una temática donde la mirada es única y rigurosa. Bien por Costa.

En la Quincena también se presentó una versión reeditada de “Hotaru” (Hotaru 2009), un filme que Naomi Kawase estrenó hace casi una década, que duraba bastante más que los cien minutos con los que se presentó ahora. Nunca vi “Hotaru” en su versión original, ni tampoco conozco nada sobre los antecedentes o circunstancias en que se hizo. Sabía que aparentemente habían muchos elementos autobiográficos. La verdad es que prefiero otras cosas que ha hecho antes – o después- esta cineasta japonesa. En realidad es una suerte de larga yuxtaposición de viñetas que jamás cuajan. En fin, quedé con sabor a muy poco.

También me sucedió algo similar, o peor con “Tetro”, la última de Coppola. La peli es un cocktail freudiano sobre una familia que vive los efectos negativos del éxito del padre, un famoso director de orquesta, y que transcurre en Buenos Aires. Es un pastiche sobre sórdidos secretos, el parricidio emocional, personajes extravagantes o “pintorescos”, que en la medida que avanza se va empantanando y no sala jamás de ahí.

Otro que me pregunto qué le paso es Kore-Eda. Hace un mes atrás había visto su filme anterior, “Auritemo, Auritemo”, sobre un encuentro familiar que me sorprendió muy gratamente. En esta ocasión con “Air Doll” quedé tan descolocado, que tuve que irme a Imdb para confirmar que se trataba del mismo director. El tema, una muñeca inflable – de esas que se usan como fetiche, para prácticas sexuales- que de un día para otro cobra vida. Así tal cual. Probablemente va a pegar entre aquellos que se compren que se trata de un cuento de hadas con un giro turbio, sexual, para “adultos”, o las metáforas de dudoso gusto sobre la condición humana, sobre los seres sin corazón, y otras frases para el bronce.

Ni que hablar de Hong Sang Soo. Parece que el parricida soy yo! Su nuevo trabajo, “Jal Aljido Motamyunseo”, lo hizo en piloto automático, a media máquina, dormido en los laureles. Es una comedia que apunta a un humor directo y autoreferente, que más encima repite una vez más las mismos códigos utilizados por el cineasta. Era casi como una adivinanza fácil de reconocer. “Jal Aljido Motamyunseo” no es un film espantoso, es muy Hong Sang Soo, historias que se repiten, o que son similares, una ecuación matemática de las relaciones humanas. Como coversamos con un amigo, al cineasta le vino el síndrome Woody Allen, y con resultados que dejan mucho que desear. Me niego a que alguien que hizo obras maestras como “Turning Gate”, “Virgin Stripped Bare by Her Bachelors” o “The Power of the Kangwan Province”, ande haciendo leseras.

Pasando a las de la Competencia Oficial vi una británica, “Fish Tank”, que tiene unos tres cuartos notables. Una cámara impecable, actuaciones de lujo, un montaje afilado, económico. Podríamos decir que es la “Rosetta” inglesa. Pero, después, pese a ese excelente ojo de la directora Andrea Arnold, empiezan las trampas, el momento brutal, sórdido, golpeador, que al parecer es parte de la receta del 99 porciento de las películas en el mundo. De ser un filme apuntando alto, pasamos a la categoría de otros filmes derivativos, imitadores, “virtuosos”etc, etc., que aparentan libertad, y que a fin de cuentas se contradicen a sí mismos, con una historia que no aporta mucho a lo que ya sabemos. Por un momento pensé que el cine británico tenía un renacimiento.

En la Quincena también estuvo “Yuki et Nina”, que es un filme que al menos en su premisa tiene una luz de honestidad. Dos pequeñas amigas buscan evitar a toda costa que los padres de una de ellas se divorcien. Un vano intento por comprender a los adultos, un mundo totalmente distinto, ajeno, que funciona con otras reglas. La temática está bien, aunque la cinta no deja de pegarse muchas notas en falso, en el punto de vista, en la realización. Creo que tiene el corazón bien puesto, pero jamás despega como historia, como experiencia. Hay un pasaje, por ejemplo, un momento a la “Blissfully Yours” -que es sumamamente importante como parte de la historia- donde la naturaleza nunca antes me había sido tan indiferente, tan plana.

En un estilo muy impostado está “Go Get Some Rosemary”, que hace un esfuerzo enorme por hacer algo a la Cassavetes, pero con resultados mucho menos humanos. Hay una intención de crear algo entrañable, un protagonista -treinteañero, adolecente tardío- que nunca aprende de las lecciones del pasado, divorciado, padre de dos hijos, con los que tiene que compartir unos cuantos días. Volvemos a lo mismo de las trampas, de hacer pasar gato por liebre, de querer hablar de la humanidad de unos cuantos personajes, pero descuidar componentes básicos de ella. De intentar generar afectos, pero al mismo tiempo no confiar en ellos, y lanzarse, como lo hace el filme, en una serie de giros dramáticos y metáforas innecesarias, que están a miles de kilómetros de distancia de la esencia de lo que supuestamente se quiere contar.

En unos minutos parto a ver “Politist, Adjectiv”, la nueva de Corneliu Porumboiu. Veremos que nos depara esta nueva tanda.