Double Take

Hace unas cuantos años conversábamos con AFA sobre lo tedioso que era escuchar a alguien sacando una vez más a Alfred Hitchcock debajo de la manga, como único punto de orientación. Peor aún, nos daba urticaria ver al cineasta número un millón haciendo citas o referencias de dudosa calidad al estilo y fórmulas del director británico/marca registrada/maestro del suspenso.

Aunque todo podría indicar que debería estar harto de un filme como “Double Take”, un documental ficcionado – un falso documental, un filme de ficción con imágenes de archivo, como queramos llamarlo- que gira en torno a Hitchcock, sus ideas del cine y muchas (MUCHAS) cosas más, me ocurre todo lo contrario. “Double Take” me parece un filme inteligente y me recuerda precisamente que Hitchcock no es el problema ni el enemigo. El problema está en la repetición de fórmulas, de las fórmulas en general, aquellas evidentes, a flor de piel, y las otras, las que hay que desmalezar para encontrarlas ocultas en alguna parte del embalaje. En el caso de la receta Hitchcock, el problema nace de las malas ideas que se generan por querer apropiarse de ese estilo o narrativa como si se tratara de un deber ser. Lo mismo podría ser dicho de cualquier cineasta que quiere hacer las mismas cosas que otro director que ya ha abierto un nicho con un estilo distinguible. Por ahora el tema es Hitchcock, no sólo porque “Double Take” trata sobre él –en parte- sino porque es quizás el director que ha sido más imitado en los últimos 60 años.

“Double Take” es, antes que nada, un prolijo trabajo de asociación de conceptos, que funciona gracias a un elaborado trabajo de edición. Este dispositvo genera un gran espejismo o un tremendo castillo de arena. Se trata de una oda a los truquillos y técnicas hitchcockianas de contar historias. Todo está construído en base a imágenes de archivo de Hitchcock -la mayoria de ellas sacadas de su programa de televisión-  filmes suyos, documentación visual e histórica de la década de los cincuentas y setentas, comerciales, una voz en off de un tipo que habla como Hitchcock y unos insertos de un hombre que se parece al fallecido director. Con ellos, el cineasta Johan Grimonprez arma un tramado, un engendro que puede ser entendido como  las ideas de Hitchcock dentro de un contexto histórico, o bien,  un filme histórco sobre los cincuentas y sesentas donde Hitchcock es protagonista y  testigo. En cualquiera de los casos todo se mantiene a flote gracias a puros placebos narrativos. Este concentrado de placebos –que en algún momento fueron revolucionarios, pero ahora por la repetición son una manifestación del más duro de los conservantismos- puede ser visto por muchos como los objetivos por lograr, la regla de oro a seguir, o, por otros como las cosas que hay que evitar. En mi caso personal es un ejemplo de lo que hay que salir corriendo, cuando es mera impostación. Ese esqueleto mezquino que se repite como un loop eterno en el mal cine. La diferencia es que este filme conscientemente hace de la fórmula, de la receta en sí misma, el tema de la película. Sí, aparecen citados los McGuffins, los mecanismos de intrigas, de miedo, la creación de suspenso, los espejismos, la tragedia inminente, la muerte como recurso inevitable para la resolución de los conflictos, etc. Y en este proceso, irónico y mordaz, el resultado es bastante único, al menos en su forma, como recipiente para hablar de la historia reciente.

La lógica interna del filme tiene que ver con asociaciones de dobles o pares que se van desarrollando de manera infinita. En un momento vemos a Hitchcock y su doble físico hablando de matarse, cinco minutos más tarde, aunque suene disparatado, nos encontramos con otros juegos de pares: la tensión entre USA y URSS en medio de la guerra fría, las armas nucleares y la carrera espacial, los debates entre Nixon y Khrushchev, entre Nixon y JFK, las alianzas entre Khrushchev y Castro, las grietas entre JFK y Khrushchev, hasta las dos Alemanias, separadas por el muro. Todos estos momentos se van entrelazando o emparentando, gracias a analogías (de a dos). Aunque el filme se para por sí sólo, como concepto entra en las aguas de trabajos como “Los Angeles Plays Itself” o “Fast, Cheap and Out of Control”. Respecto al primero, por hacer de los tiempos, la historia y las películas un protagonista camuflado (además de invadir otros filmes y utilizarlos para contar algo distinto). En cuanto al segundo, por la libre y vasta asociación de ideas que se va planteando, como si se tratara de largos brazos capaces de llegar a los lugares más impensados.

Hay un momento clave donde la película abre abiertamente la discusión en torno a las fórmulas. En varias ocasiones Hitchcock acusa a la televisión de ser como una tostadora que produce siempre lo mismo. El concepto, que obviamente estaba destinado a atacar a un medio marcado por la seriación, podría ser perfectamente el mismo argumento para atacar la estandarización en que se encuentra la mayor parte del cine actual.