Cannes 6

Hoy me gustó mucho “Irene”, de Alain Cavalier , que es parte de Un Certain Regarde. Un documental sobre la esposa fallecida del cineasta. Es una revisión de los recuerdos, de la memoria, de lo que queda de ella. Lo más sobresaliente es la puesta en escena, que con escasos elementos y mucha creatividad en términos de lenguaje visual se las arregla para darnos un retrato de ella o, más genéricamente, del amor. En el fondo es un ejercicio lúcido de reconstruir el espíritu de Irene a través de un contexto, a través de lo que alguna vez le rodeó, como si uno pudiera inferir ciertos aspectos de alguien no en base a sus cenizas, sino que de lo que le circundaba. Además que los comentarios del propio Cavalier son muy lúcidos.

Lo irónico es que un par de horas antes otro filme – “Dogtooth”, también de Un Certain Regarde – brillaba por su falta de lucidez y se adentraba en el territorio del virtuosismo, del formalismo, de las trecientas carambolas para finalmente no decir nada. Una mezcla entre Wes Anderson – pero aún más cargado al absurdo- y una falsa mirada de importancia, de modernidad. Una comedia que si no me equivoco tiró a la parrilla todos los elementos que al parecer les gusta a muchos que habitan el ambiente festivalero: incesto, crueldad, sexo explícito, disfuncionalidad, personajes de tira cómica, en fin.

Ayer fue un día dramático, ya que pasé de la agonía al éxtasis en cuestión de minutos. Partí con el pie izquierdo cuando me topé con “Independencia” de Raya Martin. Un cuento alegórico – y en una onda de cine mudo en blanco y negro- repleto de piedras en el camino. Es la historia de varias generaciones de una familia filipina que vive un éxodo y después se asienta en una zona selvática, donde nuevamente debe luchar contra los invasores, los colonizadores. Se supone que hay un espíritu de hablar de la historia de Filipinas, pero la verdad que mucho de eso no ví. Ví una historia de sobrevivencia que queda clara en los primeros 10 minutos. El resto una serie de escenas redundantes, con metáforas sacadas del libro de los lugares comunes, con personajes que se mueren y se desvanecen, con la cajita que se abre arriba de la cabeza cuando un personaje está pensando, con un momento en que producen el efecto que se corta el rollo de la proyección. Mucha pirotecnia de mala calidad, y tampoco mucho que decir. Por una extraña casualidad, me falló un screening que venía después de “Indepedencia”, y me encontré con que estaban dando en Cannes Classics una nueva copia de “A Brighter Summer Day”. Un huracán cinematográfico, una maravilla de película filmada por Edward Yang. Todos estos días siempre está latente en la conversaciones la idea de por dónde va el cine moderno, qué es el cine moderno, de qué se construye, y de algún modo en este festival siempre han ido apareciendo obras que han ido expendiendo el modo en que entendemos el cine. “A Brighter Summer Day” es del año 91, pero se siente tan fresca como si se hubiera hecho ayer. Una historia familiar emplazada en un determinado momento político de Taiwán. Es una lección de cualidades narrativas, de la capacidad de registro, de lo que es una toma cinematográfica y a la vez, en cuanto a su estructura, de contar una historia, de crear capas, de encontrar una coherencia, de que todo fluya como si hubiera sido la única manera posible. Ojalá que esta película salga pronto en DVD porque ha estado ausente por mucho tiempo.

Más adelante escribo sobre otros filmes que vi también ayer, como “Hierro”, o “Les Peres de Mes Enfants”.