Cannes 8

Uno de los mejores filmes que he visto es “The White Ribbon”, de Michael Haneke. Haneke es de esos autores hechos de una rara aleación de talento nato e inteligencia. Sus filmes son siempre un ejercicio de complicidad con el espectador, un juego que se va estructurando a través de pequeñas pinceladas, inofensivas por sí solas, pero que de modo acumulativo son capaces de transfomarlo todo en una aplanadora. “The White Ribbon”, es coherente con ese modus operandi, aunque las revoluciones se bajan al mínimo. Estamos en 1913, o algo así, en una pequeña y tranquila localidad donde todo gira en torno a un gran latifundio de propiedad de un barón. La aparente quietud del lugar empieza a descascararse cuando ocurren una serie de incidentes, como la caida de un doctor de un caballo y la muerte de una trabajadora. Estos actos desconecatados, más otros que empiezan a aparecer después en espiral –un espiral imperceptible- generan un estado de tensión o temor social y de clase que Haneke revela sólo con pequeños detalles de la vida cotidiana. “The White Ribbon” es un lúcido rompecabezas que excarba un poquito para encontrar la semilla de las asperezas, que interpela a la audiencia a ser testigos o jueces de una situación determinada, que entrega ciertas evidencias y deja que el resto ate cabos. Además que debe ser de los mejores trabajos que he visto recientemente que se atrevan a hablar de las posibilidades de la impunidad en el territorio de la criminalidad.

El mismo día también vi una película que al principio no me entusiasmó mucho, pero que después de un rato – en la medida que se iba armando el relato- me pareció una gran comedia, “The Times That Remains”, de Elia Suleiman. Tiene muchos elementos del género deadpan, con tomas estáticas, interpretaciones coreografiadas – muy físicas y herederas del slapstick- y una serie inagotable de gags. Tanto chiste y actuaciones exageradas, a lo mimo, son un poco agotadoras de entrada. Algunas funcionan y son divertidas, otras no consiguen ese nivel de humor. Pero afortunadamente la película no se inclina sólo en eso para mantenerse a flote, sino que arma su camino a través de un sólido sentido de la síntesis, de la precisa información que se requiere para hacer avanzar la historia y al mismo tiempo darle un poco de densidad a los acontecimientos y sus personajes. Este equilibrio entre humor y astucia cinematográfica permite contar una historia familiar en un contexto politico y de violencia religiosa. Suleiman es palestino y narra algunas anécdotas de su familia desde 1948, cuando es instaurado Israel en el corredor de Siria–Palestina, hasta el presente. Es un filme desde el punto de vista de un árabe que vivía en esas tierras cuando todo cambió políticamente y de ser un árabe se transforma en “árabe israelita” y las consecuencias de eso. Suleiman elabora una seguidilla de bloques que van mostrando el paso del tiempo en Nazareth, de las rencillas políticas que se repiten y de algún modo una descripción de la vida de una serie de familiares o vecinos, en torno a la misma casa en casi 5 décadas.

Es inevitable – por su visión personal de acontecimientos históricos- no compararla con “Inglorious Basterds”, de Quentin Tarantino, otro cineasta que al igual que Almodóvar y muchos de los consagrados que estuvieron este año, al parecer están mal criados por Cannes. “Inglorious Basterds” es un filme que transcurre durante la Segunda Guerra Mundial , que sigue los pasos de un batallón estadounidense en Francia, durante la resistencia. El trabajo está constituido de largas escenas llenas de verborrea, que salvo probar un virtuosismo para los diálogos “ingeniosos” , no concluye nada que no sepamos de la guerra, de los conflictos bélicos, de la maldad o de lo que sea. Es un filme plano, tediosamente extenso, lleno de tribia o referencias al cine igual de vacías, un filme donde Tarantino saca del sombrero los mismos trucos de antes, ahora predecibles y agotadores.