Putty Hill

Matthew Porterfield ha emergido lentamente y fuera del radar como uno de los cineastas estadounidenses más interesantes de los últimos tres años. Sus filmes son pequeños, asociados al realismo, aunque también capaces de empujar sutilmente el relato hacia territorios narrativos más libres, especialmente con su segunda película “Putty Hill”. Al hablar de realismo quizás estoy hablando de la espontaneidad que respiran las interpretaciones, la comodidad con que Porterfield se mueve por Baltimore y sus alrededores, haciendo un gran retrato de la vida de suburbio, de los que se han quedado y aquellos que le han abandonado. “Putty Hill” gira en torno un grupo de personas –familiares o amigos- que recuerdan a un chico que falleció debido a una sobredosis. Todos se encuentran en la ciudad para participar en su funeral. El filme se construye de fragmentos. Varios adolescentes juegan paintball en un bosque, uno de ellos se sienta y habla brevemente de la muerte de su hermano. Nosotros nos enteramos de esta información porque aparece una especie de entrevistador que nunca se ve, una voz que hace preguntas fuera de cámara, preguntas bastante libres, algunas obvias (del tipo “qué estás haciendo aquí”) y otras más íntimas, que necesitan una especie de compromiso de los entrevistados a autorizarlo a indagar en lo que quiera. Más o menos, con esa dinámica, que se asemeja a un documental –pero no es- avanza el filme. Así vemos a un hombre que hace tatuajes hablando de su paso por prisión y lo que le ha ocurrido a su sobrino, o bien a una hermosa secuencia donde varias adolescentes deambulan desfachatadamente por unos jardines de casas, como si se tratara de espacios públicos. Más adelante pasamos a una chica que habla con este entrevistador, explicando que viene de Delaware, al funeral de su hermano. Incluso hay tiempo para ver a varios chicos y chicas bañándose en un río, matando las horas, en un momento digno de “Blisfully Yours” u “Honor de Cavalleria”. Las piezas van lentamente armándose y en eso el cineasta no tiene ningún apuro. Porterfield es bastante pulcro en cada cuadro y, sin alardes, consigue un realismo sensual y melancólico.

Se trata de un filme que proviene de un asombroso proceso, que llegó de casualidad cuando otra película que el director quería hacer –“Metal Gods”- se desplomó por razones financieras. Porterfield, entonces utilizó a los mismos actores y los hizo trabajar en base a otra idea, la idea que se fue transformando en “Putty Hill”.  Puede que se haya visto obligado a encontrar otros caminos para hacer la película, pero se nota que este director sabe lo que quiere. Ya en “Hamilton”, su trabajo anterior, había demostrado un interés por la vida de suburbio, por la rutina y actividades diarias de Baltimore, por cierto realismo y conexión con el mundo de la gente cortando el pasto, echada en las piscinas, o en el tedio de sábado por la tarde.

Ahora bien, esta oda a la atmósfera de Baltimore de la que hablo puede ser un arma de doble filo. Quizás se peca demasiado de eso mismo, de entregar una alta dosis de amalgama citadina y descuidar el lado emocional, que de hecho a Porterfield le importa, porque resuelve muchas cosas apelando a esa vibra más de camaradería que a veces está ahí, pero medianamente visible. En el terreno de lo más humano hay cierta distancia incómoda o una falsa sensación de soledad (que por ratos se pude confundir con aquel distanciamiento adolescente). Cuando veía  el filme me acordaba de “Husbands”, la película de John Cassavetes, simplemente por la anécdota del funeral. En “Husbands” un funeral es la posibilidad para que varios amigos cuarentones se reencuentren y vivan tres días de fiesta, pasando la pena del amigo que ya no está. Es un filme de personajes donde poco importa dónde se encuentran (por más que en la locura, en la euforia y el alcohol terminen viajando hasta Londres). No se trata de que “Putty Hill” se tenga que concentrar en ese tipo de humanidad, pero sí es evidente, que hay una dimensión humana que está eclipsada por algo más formal o externo.

Pero dejarse llevar sólo por esta última apreciación creo que no le hace justicia a un filme que puede ser una grata sorpresa, viniendo de un cineasta joven, riguroso, que consigue hablar con éxito de muchos temas que la mayoría del cine estadounidense reciente, especialmente el “indie”, ha fracasado en llevar a la pantalla grande.

Porterfield es, desde ya, un cineasta que hay que observar.