Días de documentales


Ha sido una rara coinciendecia. En el último tiempo he tenido la oportunidad de ver muchos documentales o revisar nuevamente algunos que vi en festivales y que ya están en sala. Hace poco concluyó el festival de cine de Human Rights Watch, que al menos en términos de información tenía varios trabajos que valían la pena, entre ellos, “My Neighbor, My Killer”, sobre los Gacaca, unos experimentos de justicia que se hicieron en Rwanda, tras el genocidio de mediados de los noventas.

También estrenaron “24 City”, el más reciente trabajo del prolífico Jia Zhang-Ke. Había tenido la oportunidad de verlo en el New York Film Festival. Mezcla de documental, no ficción y ficción, describe el cierre de una fábrica estatal china que está siendo transformada en un gran edificio de apartamentos de lujo. El modo en que conocemos la historia de este lugar es a través de testimonios de trabajadores, y también de actores representando un papel. Está bien la peli, tiene un grado de complejidad que seduce, pero si uno es familiar con las películas de Jia, queda al mismo tiempo una sensación de estar presenciando los mismos mecanismos vistos en sus trabajos previos, y quizás por eso me sorprendió poco.

Además hay tres trabajos que aparentemente entran en un mismo saco, que resultan ser experiencias totalmentre distintas. Me refiero a “Irene”, de Alain Cavalier –que fue de lo mejor que vi en Cannes este año- “Las playas de Agnès”, de Agnès Varda, y “The Windill Movie”, de Alexander Olch. Todos son proyectos que tienen un acercamiento muy personal a la hora de reconstruir un retrato. “Las playas de Agnès”, es una autobiografía hecha y derecha, con nombre y firma de esta cineasta francesa, que ya superó los ochenta años. “The Windill Movie” es una autobiografía inconclusa que dejó el cineasta estadounidense Richard Rogers – a quién no conocía- y que finalizó Alexander Olch. “Irene” es el intento de Cavalier por retratar o reencontrarse con la imagen de su esposa, fallecida hace mas de 30 años y de paso hablar de él mismo.

En “Irene” básicamente estamos ante el viaje solitario de un hombre recordando distintos episodios de su vida con su mujer, episodios guardados en la memoria, escritos en unos cuantos diarios. No hay muchos registros de ellos juntos o de ella (al menos lo que se nos revela en la película). En realidad, cuando parte el filme, tampoco pareciera que hay muchas otras cosas más. Sólo ciertas ideas intuitivas que se van concatenando. Esta carencia de elementos no es una desventeja, sino que una fuente desde donde Cavalier arma su tramado. Los mecanismos narrativos del cineasta son de una gran simpleza y libertad. La mayoría de los elementos que constituyen este filme son sacados de grabaciones del propio Cavalier en los lugares donde ocurrieron ciertos momentos del pasado, unas cuantas breves y lúcidas reflexiones, muchas imágenes que son robadas de la cotidianidad, que corresponden a personas en la calle, una mujer en un póster cualquiera del metro, un dibujo, un cuadro, unas sábanas, una que otra escena de alguna película (que tiene que ver con el recuerdo que se describe). Al principio estos mecanismos pueden resultar dispersos o antojadizos, pero basta que transcurran unos minutos para que la silueta de Irene, la idea de esta mujer, efectivamente empieze a tomar forma. Al menos en su resultado, da la impresión que como espectadores vamos a la misma velocidad que Cavalier, experimentando los hechos al mismo tiempo y en la misma avalancha de dudas, de titubeos. Una especie de pequeño salto al vacío, de camino exlporatorio. Por supuesto, ir descubriendo vagamente a Irene también es ir descubriendo la vida conyugal, y después de un rato a Cavalier. Es ir armando un borroso retrato de su persona.

Si la película de Cavalier se conecta con la austeridad, la de Varda es con la abundancia. Irene es un trabajo minimalista al lado de “Las playas…”. El método de Varda está constituído de imágenes de archivo, fotos, películas suyas y de amigos, representaciones teatrales, figuras alegóricas, instalaciones de arte, filmaciones de ayer y de hoy. En fín, una paleta ancha que permite entregar un alud de información. Es una cronología, pero a la Varda, con muchas disgresiones o ventanas que la cineasta abre para hablar de un cierto tema y más tarde retomar la idea que había enunciado con anterioridad. Un mundo de asociaciones que detrás de un aparente caos, esconden un sólido conocimiento del oficio y también de lo que Varda quiere contar sobre ella. Creo que desde el primer minuto sabe cuál es su retrato como persona y como cineasta. De este modo partimos con Varda contándonos de su infancia, de sus estudios de fotografía, de su larga historia de amor con Jacques Demy, de sus amigos Chris Marker o Alain Resnais. La cineasta despliega toda su maquinaria, esa que le conocemos de su cine, y nos dice quién es.

“The Windmill Movie” es un trabajo armado desde varios lados, un filme especial, pese a lo ajeno que me resulta el mundo que está retratado. Se trata de una película que busca finalizar un trabajo que quedó inacabado, que jamás fue editado. Una película familiar que el cineasta Richard “Dick” Rogers dejó inconclusa, cuando falleció. Rogers filmó por años distintos momentos de su vida, que eran parte de un gran proyecto, una autobiografía, que había sido rotulada como Windmill. Al morir, los archivos, las cintas y cientos de horas de registros quedaron guardadas en una oficina, hasta que Susan Meiselas –la fotógrafa y pareja de Rogers – le pidió a Olch, si podía darle forma. Olch, un alumno de Rogers, se encargó de encontrar una estructura a lo que aparentemente es un espejo de parte de la vida de su profesor, de sus amigos y familiares. Para hacerlo, Olch tenía a disposicion muchísimas horas grabadas por Rogers o su familia, y además agrega elementos nuevos. Una vez más nos encontramos con elementos registrados en el momento, y otros que se registraron posteriormente.

Rogers, de acuerdo a lo que se ve en sus grabaciones, era un tipo burgués, acomodado, de personalidad compleja, a ratos insoportable, que al parecer gozaba de bastante tiempo para hacer sus cosas. Un hombre que, en sus propias palabras, nació en un ambiente de privilegios y cuya vida era un constante debate entre sus fuertes conexiones con la familia y tratar escapar de ellas. En uno de sus registros Rogers hace un comentario sobre su proyecto Windmill y dice que es sumamente ridículo hacer un filme sobre sí mismo, donde más encima parte del discurso es reclamar por haber crecido en una familia acomodada de los Hamptons. En ese mismo tono, también habla de sus padres, de sus novias y amantes. También vemos su relación con sus amigos de Harvard, donde estudió y hacía clases. Es una descripción de un mundo de elite, cerrado, de amigos. En ese mismo registro Rogers comenta que tiene la sensación de no poder capturar a través de sus grabaciones la esencia de lo que es él, su familia y quienes le rodean.

Dadas estas circunstancias y que ese trabajo nunca se terminó, tengo la impresión que estamos ante un filme – el finalizado por Olch- que tiene un acercamiento distinto al que Rogers tenía, pero que finalmente consigue lo que Rogers no pudo retratar, paradójicamente, un boceto de su persona. Es un filme que llega al puerto que Rogers no alcanzó. Ahora ¿cómo saber si ese es un retrato exacto de Rogers? Es una película que nos presenta a un hombre hablando de su vida, de sus altibajos, de sus limitaciones como artista, de sus autoindulgencias, de sus logros. El protagonista es un tipo con algunas ideas bien claras sobre ciertas cosas, que no encontró o no quizo encontrar, al menos en su proyecto Windmill, el modo de colocar todas las piezas en su lugar. Ahí se entra en un territorio en el que uno se pregunta qué fue lo que le impidió darle fin a este trabajo de tantos años o si fue algo deliberado dejarlo así, a medio camino. Con esta película me queda otra gran pregunta, que está relacionada con la obra de Rogers. No sé si debe a mi desconocimiento de su carrera o a que simplemente ese universo cinematográfico no está en el filme. No me queda tan claro, a fin de cuentas, qué relación tenía Rogers con su obra. Puede que se haya esbosado una cierta frustración, pero no existe un contrapunto, para formarnos una idea.