La agonía y el éxtasis de Phil Spector

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Este documental, “The Agony and the Ectasy of Phil Spector”, que quizás debería llamarse la desdicha de Phil Spector, es de una tristeza abismante, no sólo por la caída en desgracia del legendario productor musical, sino por el estado emocional en el que se sale tras ver el filme. Spector es mundialmente famoso por haber revolucionado la música popular y al mismo tiempo por la condena que recibió, hace poco, por el homicidio de una actriz – Lana Clarkson- que murió en su mansión.

Spector es un hombre bastante reservado. Sólo durante el proceso judicial se animó a dar unas cuantas entrevistas al cineasta Vikram Jayanti. El director se encarga de intercalar extractos de la conversación con algunas de sus emblemáticas canciones, más la televisación del juicio y varias sorprendentes imágenes de archivo.  La presentación parece ser inofensiva, sin embargo esconde un planteamiento afilado al rededor de la figura de este arreglista. De hecho es brillante el modo en que entrega la perspectiva de Spector cuando está arriba y cuando está en el suelo. No es sólo una descripción de su defensa judicial –eso sería para quedarse dormido- es un relato sobre su genio, sobre su carrera espectacular en el mundo de las composiciones y producciones musicales.

Spector entrega varios lúcidos pensamientos en torno a su trabajo como artista y muchas de sus aseveraciones son de una convicción aplastante. Si no se acuerdan de la cantidad de hits que se mandó desde que tenía veinte años (en los 60s) basta ver el filme para acordarse de “Be My Baby”, “He’s a Rebel”, “Da Doo Ron Ron”, “You’ve Lost That Lovin’ Feeling”, por nombrar algunos. No sólo eso, su concepto de “wall of sound”, su participación mezclando “Let It Be”, de The Beatles, o su colaboración con John Lennon o George Harrison, como solistas, o The Ramones. Hay algo de megalómano y de tremendamente egocéntrico en él (se compara con Miguel Angel) y a la vez de genuino. También hay algo gracioso, cuando por ejemplo dice que la salvó el futuro a Martin Scorsese, quien no le había pedido los derechos de su música en “Mean Streets”.

Sin duda que un ser humano se puede transformar por un rato en una especie de pequeño semidios a través de su inteligencia, de su genio. La capacidad de ser altamente creativo implica ingresar en un círculo de virtuosismo. Spector entró en esta categoría y eso le permitió seguir  trabajando o peleándose con los más importantes de su tiempo. La película registra a este hombre pocos minutos después de haberse pegado el costalazo, cuando deja de ser semidiós, para regresar al mundo de las personas ordinarias, debido a sus probleamas legales. Queda claro, que todo este alejamiento de la realidad quizás también transformó a Spector en un tipo excéntrico, un millonario dado a los excesos, acusado a veces de ser violento e intimidar a las personas con una pistola. El filme observa partes del juicio, en donde se busca llegar a una convicción respecto a qué sucedió esa noche donde murió Clarkson. Las distintas teorías de lo ocurrido (que fue un homicidio o que fue un suicidio) y el veredicto de culpabilidad de Spector salió en la prensa en todas partes, así que no voy ahondar en ello.

Lo sombrío, aparte de un lamentable incidente que le costó la vida a una mujer y que de paso implicó que Spector pase los próximos 19 años de su vida en la cárcel, es esta idea que el filme esbosa de que no hay que urgar mucho para darse cuenta que este infortunio personal se transforma súbitamente en un infortunio colectivo. Como el propio artista lo indica, él fue de ese puñado de talentos que a través de la música transformó la cara de Estados Unidos y la cultura popular. La influencia de su legado se fue enraizando en diferentes manifestaciones – algunas inimaginables- que llegan hasta hoy. Puede que hasta incluso los papás del juez, de los jurados o de los fiscales que le acusan, se hayan conocido al ritmo de una melodía de Spector. A nadie le gustaría estar en esa situación. Eso en cualquier circunstancia, también es una verdadera tragedia