NYFF 1

Ya comienza el New York Film Festival. De todo lo que he visto en lo que va de pases previos (aún queda por lo menos una semana), desde ya hay que anotarse una lista de imperdibles: “Politist, Adj”, la gran película del rumano Corneliu Porumboiu, quizás hasta ahora la gran película del año, con la que flipamos en Cannes. “Everyone Else”, una notable película alemana, de Maren Ade, ganadora de Berlín, que disecciona la intimidad de una pareja con un realismo y una paciencia para capturar los comportamientos humanos, que me dejó con la sangre helada. Una gran sorpresa. Otra sorpresa es el corto de media hora, “Get Yer Ya-Yas Out!” de Bradley Kaplan, Ian Markiewicz, Albert Maysles, de sobre una legendaria presentación de los Rollings Stones en el Madison Square Garden hace 40 años(se me había olvidado que el MSG alguna vez fue una lugar cool) con apariciones de Jimmy Hendrix y Jerry Garcia. Otro de los imperdibles es “The White Ribbon”, de Michael Haneke, y “Ne Change Rien”, de Pedro Costa (aún con los veinte minutos que me parecen que están demás, sigo pensando que es un gran filme sobre la música) de las que también hablamos hace un tiempo atrás. Por supuesto hay que darse un tiempo en el Views from the Avant Garde y ver el ultimo corto de Apichatpong Weerasethakul.

En los semi-imperdibles –que alcanzan ciertas verdades, que consiguen pasajes brillantes, y a la vez también tocan una o varias notas en falso- se encuentra la última de Bruno Dumont – “Hadewijch”- con una partida colosal, una mirada mística/sensual fascinante y un final estrepitosamente flojo. “Sweet Grass”, un documental estadounidense sobre corderos y vaqueros, que tiene unos cuantos momentos de impresionante contemplación del trabajo y un sobrecogedor paisaje de Montana de fondo. “Ghost Town”, otro documental, esta vez chino, que se la juega por un retrato de varias generaciones que viven en un pueblo que se está transformando, y además esbosando en algo la relación de sus personajes con la religión y la política. Otro documental que está muy bien (que hay documentales!) es “The Art of the Steal”, que en realidad no aporta mucho en cuanto a narrativa cinematográfica, pero si consigue informar –con un gran sentido de la investigación- sobre un tema que es sumamente interesante, como lo es la Barnes Foundation, la mayor colección privada de arte impresionista del mundo y todas las disputas legales y políticas en torno a ella. Me dieron hasta ganas de tomar un bus e irme a Merion, Pensilvania (donde está esa colección, por ahora).

Esto fue lo que dijimos de “Politist, Adj”, “The White Ribbon y “Ne Change Rien”, en mayo pasado:

“Es temprano, está asoleado y con el ánimo por arriba porque anoche vi en Un Certain Regard la que hasta ahora es en mi opinión la mejor película que me ha tocado en el festival, “Politist, Adjectiv”, del rumano Corneliu Porumboiu. Es un un filme muy inteligente, sencillo, un ejercicio en tres pinceladas sobre el trabajo de la policía en el contexto del sistema legal o judicial. Es una cinta que le da una cara real y práctica a la justicia, que se arma desde el personaje de un agente policial que está investigando a alguien. Cuando la película partió, con largas y reiterativas tomas de un seguimiento de dos personajes, me acordé de “Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles” de Chantal Akerman, y me asusté, porque pensé en todos los peligros de esa puesta en escena, que ese estilo fuera derivar en el cliché de la contención estirada para llegar a la explosión final, del asesino, del psicópata, del lado brutal y descontralado que emerge. Una película a paso de caracol, pero con las mismas ideas que hay detrás de las películas más convencionales. Nuevamente, como lo mencioné en el post anterior, pensé que estaba ante un caso en donde se ofrece una libertad narrativa, pero a fin de cuentas las ataduras con la vieja melodía son imposibles de evitar. Sin embargo, en “Politist, Adjectiv” estas largas secuencias de personajes que apenas conocemos son la base para plantear precisamente la temática de la película: cómo se va armando la certeza en torno a una persona, cómo alguien -un policía- que es totalmente ajeno a la vida de un tercero -el sospechoso, del que apenas sabemos su nombre y apellido, y que sólo vemos de lejos- tiene que formarse una opinión sobre él. No sólo una opinión, si no que una decisión que puede afectar su vida para siempre, ya que implica decidir si se presentan o no cargos contra él. Es decir, nos colocamos en el punto de vista de alguien que tiene que informar al sistema judicial sobre otro, y esa información, esas descripciones que están escritas en un reporte que hace la policía, es el método con que nosotros como espectadores nos vamos armando también de una cierta idea de verdad. Es la esencia del sistema burocrático-judicial expuesto en la pantalla grande con una sutileza que asombra, con todos los conflictos de caracter moral y legal que van emergiendo, pero en miniatura. Además que la película tiene un sentido del humor que deslumbra, que va unido a la palabra, al sentido de la palabra, a su significado, a la interpretación, que es la ecuación con que la idea de la justicia se transforma en realidad. ”

“Uno de los mejores filmes que he visto es “The White Ribbon”, de Michael Haneke. Haneke es de esos autores hechos de una rara aleación de talento nato e inteligencia. Sus filmes son siempre un ejercicio de complicidad con el espectador, un juego que se va estructurando a través de pequeñas pinceladas, inofensivas por sí solas, pero que de modo acumulativo son capaces de transfomarlo todo en una aplanadora. “The White Ribbon”, es coherente con ese modus operandi, aunque las revoluciones se bajan al mínimo. Estamos en 1913, o algo así, en una pequeña y tranquila localidad donde todo gira en torno a un gran latifundio de propiedad de un barón. La aparente quietud del lugar empieza a descascararse cuando ocurren una serie de incidentes, como la caida de un doctor de un caballo y la muerte de una trabajadora. Estos actos desconecatados, más otros que empiezan a aparecer después en espiral –un espiral imperceptible- generan un estado de tensión o temor social y de clase que Haneke revela sólo con pequeños detalles de la vida cotidiana. “The White Ribbon” es un lúcido rompecabezas que excarba un poquito para encontrar la semilla de las asperezas, que interpela a la audiencia a ser testigos o jueces de una situación determinada, que entrega ciertas evidencias y deja que el resto ate cabos. Además que debe ser de los mejores trabajos que he visto recientemente que se atrevan a hablar de las posibilidades de la impunidad en el territorio de la criminalidad. “

“…de Pedro Costa, “Ne change rien” -que se está dando en la Quincena- es una experiencia para tirar a las cuerdas a cualquiera. Es un filme difícil que exige colocarse en un tono que se va desarrollando lentamente, que incluso me tenía contrariado al principio por la monocorde y asfixicante manera de presentar a la actriz y cantante Jeanne Balibar durante unos ensayos musicales. Pero aunque Balibar está en prácticamente todos los planos (largas, largas tomas) la película de Costa es en el fondo una experiencia sobre la música, sobre el proceso de hacer -o construir- música. Sin parecerse mucho formalmente a la peli que hizo sobre los Straub, sí se emparenta por el registro del oficio, de la descripción de pequeños detalles que explicaron el modo en que se hace cine y ahora, en este caso particular, la música o la canción. Cuidados y pacientes cuadros en la sala de ensayo, de grabación, en el escenario que construyen un mundo que es, a fin de cuentas, bastante coherente con lo que plantea. Creo que a ratos se extendió más de la cuenta, y se puso algo reiterativo, pero en las sumas y restas, y con todo lo que exige Costa de uno como espectador, es un filme que se sumerge en una temática donde la mirada es única y rigurosa. Bien por Costa.”